Acerca del miedo, el amor y lo imposible

Por: Anddy Landacay Hernández

Es normal tener miedo ante lo nuevo, el miedo es una reacción natural frente a una situación que nos toma por sorpresa y que obviamente desconocemos. El miedo es, también, la afirmación más clara de nuestra humanidad. Y eso lo aprendemos desde pequeños cuando damos nuestros primeros pasos. Para aprender a caminar, uno tiene que tropezarse, golpearse, levantarse, caerse varias veces , levantarse y otra vez volver a caer; pero sobre todo vencer el miedo, vencer el círculo de temores que antecede a la primera caída.

Con el amor sucede algo parecido, uno tiene necesariamente que equivocarse, y a veces perseverar en el error, sin escuchar a nada, ni a nadie. Y entonces uno se descubre como en la primera infancia, cayéndose una y otra vez, golpeándose con la misma piedra, venciendo los más grandes temores, pero sobre todo, aprendiendo.

El mundo nos ha enseñado con razones justificadas a desconfiar, a tener miedo de todo lo que brilla en medio de la oscuridad, a mirar con malicia y cierto prejuicio a la mano que se extiende en la desgracia.

La frase “nadie hace nada a cambio de algo”, está colgada sobre nuestras cabezas como una Espada de Damocles y nos hace retroceder ante lo nuevo, por más que éste de visos claros de sinceridad y honestidad moral, la cultura de la desconfianza nos hace estar siempre a la defensiva en todos los aspectos.

Sandro Venturo, el joven sociólogo peruano, afirma que esa es la tendencia de los jóvenes de hoy: la de no arriesgar nunca el más mínimo de sus intereses a menos que estén totalmente seguros de algo. El problema es que esto tiene como consecuencia que nunca se lance la moneda por miedo a fracasar nuevamente, por miedo al error y a las críticas de la sociedad.

Como resultado de esta represión, muchos se sumen en una profunda miseria, aumentando –paradójicamente- esa frustración que tanto se quería evitar. La cultura del éxito nos inhibe, porque tenemos miedo de equivocarnos y al “que dirán”, por eso mejor callamos o nos quedamos inmóviles para no tener que asumir las culpas. Es decir, voto en blanco.

Armando Robles Godoy afirma con razón que si el ser humano no se equivocara y no perseverara en el error, simplemente no sería humano y también señala que es imposible que los hombres se liberen de este lastre por ser inherente a su esencia, pero deja un consuelo muy grande al exclamar: “¡Lo posible es una caca. Lo verdaderamente valioso y admirable es lo imposible!”.

Yo suscribo totalmente lo manifestado por Robles Godoy. Hay que vencer los miedos, aunque la lucha sea larga y tediosa; hay que buscar dentro de nosotros esa fuerza que nos obliga a empezar de nuevo, que hace abramos nuestros ojos, nuestras palabras, nuestro corazón, así cada vez que caigamos, levantémonos y repitamos tal como se leía en una Graffiti de la revuelta francesa de Mayo del 68: “¡Seamos realistas, pidamos lo imposible!”.

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