La pinga del Libertador. De lisuras, palabrotas y “malas palabras”

Por: Anddy Landacay Hernández

¡No digas lisuras hijito! Diosito castiga. Solía decir mi santa madre cuando se me escapaba alguna interjección más propia del espíritu borracho de mi hermano mayor.  Y es que la sociedad, ya sea por casualidad, audacia o estupidez vetó, censuró y proscribió algunas palabras que a pesar de lucha incesante de la “moral y las buenas costumbres” no ha podido evitar que sigan vivas en nuestro universo gramatical.

Si se ha sentido ofendido por el titular de este artículo entonces a usted le ocurren  dos cosas: uno: sufre de cierta mojigatería y dos: no ha leído “Tradiciones en salsa verde” de nuestro genial Ricardo Palma. Cuenta el tradicionalista que el libertador Simón Bolívar le gustaba diferenciarse tanto, que en vez de “mandar al carajo” a sus subordinados, solía repetir: “¡Vaya usted a la pinga!”.

Es por esta anécdota tan singular que el maestro Palma decidió escribir “La pinga del Libertador” en 1904. Y como dije al principio, los pudores de nuestra sociedad también ejercieron presión sobre el tradicionalista, por lo que mantuvo su “Tradiciones en salsa verde” en la clandestinidad casi absoluta. Es gracias al investigador literario Don Francisco Carrillo que estas tradiciones vieron la luz en 1973, siendo posteriormente difundidas por el Diario la República.

Creo que el problema de las denominadas “malas palabras” radica en que todo el mundo nos prohíbe usarlas desde niños, pero nadie nos explica porque no podemos decirlas. Es más, quisiera que alguien me explique como carajos el término “lisura” que en sus primeras acepciones del diccionario RAE hace alusión a la tersura, ingenuidad y sinceridad llega a convertirse en sinónimo de grosería.

Dentro del mundo de la comunicación las lisuras juegan un papel tan importante que soslayarlas sería un absurdo. El asunto es que alguien cometió el error de darle la categoría de “Malas palabras” y desde ese momento guiado por criterios cultistas y moralizantes muchos seudo puristas decidieron proscribirlas.

Si uno analiza detenidamente por qué las lisuras resultan tan chocantes a ciertos oídos, se dará cuenta de que éstos se deben a que generalmente hacen alusiones a excrementos, a órganos sexuales, a la cópula, a las aberraciones sexuales, a la prostitución, etc. Es decir llevan en su contenido eso que nuestro “inconsciente colectivo” nos indica que es malo decirse. Es decir si dices mierda, te vas a la mierda.

Lo que es clarísimo en este tema, para alegría de los que se están persignando,  es que todo depende del contexto, una lisura en un contexto adecuado no tiene porque ofender a nadie. Una lisura bien puesta, por ejemplo, en la literatura es más bien una delicia musical. Y por eso recuerdo mucho el soneto del genio español Francisco de Quevedo titulado Contra don Luis de Góngora y su poesía que en su última estrofa dice así:

“Éste, en quien hoy los pedos son sirenas,
éste es el culo, en Góngora y en culto,
que un bujarrón le conociera apenas.”

En el Quijote el gran Cervantes llama a su escudero Sancho i de puta (hijo de puta). También en el mismo libro de Palma hay otro relato titulado “el Carajo de Sucre” y en la literatura de Vargas Llosa y Gabriel García Márquez los ejemplos de las lisuras sobran.

En otros contextos, las “malas palabras” juegan un rol muy importante. Por ejemplo, imaginemos: estamos en el estadio, en el minuto 90 del segundo tiempo, el equipo de nuestros amores esta perdiendo y de pronto el delantero más pifiado infla la red del equipo contrario. Es gol. Nadie se quedaría sentado gritando gol con la voz de Francisco Tudela. Ni cagando. Gritamos gol pero estoy seguro que añejado con carajos y la concha de su madre.

Incluso el diario ingles Daily Star un día después de los cobardes atentados en el metro de Londres el 7 de julio del 2005 donde murieron más de 50 personas, resumió todo el sentimiento de rabia de la opinión pública con su titular: ¡Bastardos!.

Así podemos darnos cuenta de que estas palabras, penalizadas hasta la saciedad, sobre todo por aquellos que más las usan, se convierten en gran medida, en un desfogue emocional, un vehículo que canaliza un sentimiento irrefrenable, una frustración de por medio, una indignación elocuente, que no puede ser expresada de otras formas y que de no ver la luz a través de nuestros labios, nos haría parecer tan verosímiles como Erick Cartman de South Park hablando como el Hermano Pablo. 

 

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