Michael Jackson y Transformers: un viaje hacia mi infancia

Por: Anddy Landacay Hernández

Hay dos cosas que me hacen regresar a la infancia a la velocidad de la luz: Los Transformers y la música de Michael Jackson. Curiosamente, la semana pasada, ambos coincidieron en mi vida. Los primeros en la segunda (malaza) recreación de Michael Bay y el segundo con la noticia de su trágica muerte. Claro, a estas alturas, el hecho de que yo esté hablando con tanta nostalgia de Transformers y Michael Jackson en vez de Dragon Ball Z o los Jonas Brothers, revela inevitablemente dos cosas: uno: cualquier tiempo pasado fue mejor y dos: ya estoy jodidamente tío.

La muerte del denominado “Rey del Pop” fue algo que tomó por sorpresa a todos.  Primero me habían llamado para avisarme que Alicia Delgado había muerto y luego para decirme lo mismo de Michael Jackson. Mi primera reacción (lógica) fue: “esto debe ser una joda de esas que circulan en Internet” (total, alguna vez, hasta mataron a Tongo).

Casi de inmediato busqué en las noticias y descubrí los portales informativos que acuñaban a raudales la máxima francesa: “El Rey ha muerto”.  CNN repetía la imagen del helicóptero trasladando el cuerpo sin vida de Jackson hacia la morgue y los canales musicales como VH1 inundaban sus cortes con microsemblanzas del creador de Thriller.

Dos días antes Helen me llevó casi a la fuerza a ver el estreno de Transformers II. A diferencia de la primera, que me hizo temblar de emoción al ver en la pantalla grande a Optimus Prime, esta vez sentí que Michael Bay estuvo más empeñado en mostrar el culo de Megan Fox que en continuar una historia medianamente creíble.

Salí del cine consternado, con un frío de mierda y con ganas urgentes de mear. Esa película había ultrajado mis recuerdos de infancia y a pesar de haber incluido a Ravage y los Constructicons en esta historia, era evidente que ese día Optimus se sacudía en su cripta.

Pero si en Cibertron la cagaban con una historia torreja, en la tierra el reino del pop se quedaba sin monarca. Había muerto el “Icono de los ochentas”, aquel que inspiró actuaciones en colegios, programas de TV, polladas, plazas, centros penitenciarios, etc.

Ni yo me pude librar del influjo de Michael Jackson. En 1985 durante mis épocas de niño primarioso, fui parte del grupo de zombies que hizo una presentación en el auditorio del Colegio Fanning a ritmo de Thriller. Aún recuerdo la máscara de plástico que llevaba y con la cual me cagaba de calor a cada paso. De esa genial actuación, aún conservo la ropa raída manchada con tempera roja, un par de zapatos negros y algunos fotos que no las muestro por decoro.

Creo que el impacto de la muerte de Michael Jackson se da por la conexión directa con nuestra infancia (sobre todo de los que nacimos en los setentas y ochentas) y porque es sin duda el sello blanco y negro de una época.

Jackson es una postal de la época del Atari y de Pac Man, de los Tocacasettes y los televisores de madera, de Cyndi Lauper y Top Gun, de los Gobots y los Transformers.

Muere con él un símbolo de nuestra infancia, aquel que en sus pasos lunares y en sus casacas rojas, nos escondía el reloj del tiempo y al igual que en un cuadro de Dorian Gray nos envejecía a escondidas. Hoy que se apagaron las luces nos damos cuenta que ya no somos niños, que no hay que levantarse a las 6 de la mañana para tomar desayuno con leche ENCI, que ya no hay ENATRUS, ni TV´s con perilla. Solo queda la constancia inexorable de que la vida suele ser tan fugaz como un paso del jóven Michael.

 

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