Reflexiones sobre la enfermedad y los milagros

Por: Anddy Landacay Hernández

El ser humano es un mono desnudo como diría Desmond Morris. Estamos arrojados a este mundo sin explicación alguna. Condenados a vivir una existencia que muchas veces nos asfixia sin darnos tregua. En un mundo donde todo es vertiginoso, rápido y on-line la enfermedad cumple el papel de un policía de tránsito.

En la rápida carretera de nuestras actividades, la enfermedad aparece como un gendarme implacable. Como un guardián que te frena, que te detiene sin importarle tus planes a mediano y largo plazo.

La enfermedad en el hombre, a diferencia de la enfermedad animal es doblemente complicada. El hombre enfermo no sólo siente el malestar físico sino que es tremendamente capaz de reflexionar sobre su dolor y las consecuencias de ello. La postración producto de una enfermedad nos obliga a pensar, a centrar el pensamiento en nuestra propia existencia; en este contexto ni la televisión, ni los libros suelen funcionar como paliativo.

La enfermedad nos traza claramente el límite de nuestras posibilidades. Es la línea divisoria entre el hombre y su vulnerabilidad. Nos revela aquello en lo que no queremos pensar: nuestra impotencia frente a la muerte y la imposibilidad de no sufrir las aflicciones físicas. Es en esta constatación terrible, en los coqueteos entre nuestra conciencia y nuestros deseos, es que nace el concepto de “Dios”.

Cuando uno llega al extremo, cuando su dolor no encuentra consuelo, cuando se ve el dolor terrible entre nosotros o nuestros seres amados, nuestra racionalidad se apaga y nuestros deseos se elevan a los cielos. La tentación de “Dios” en esta etapa es inevitable. El Deseo de que “Dios” exista se hace de fácil camino. Cuando nuestra defensa racional está vulnerable, es fácil que el virus de la fe se multiplique.

Ante la enfermedad y las pocas posibilidades de combatirla es fácil “creer” en “Dios”. Nadie quiere sufrir. Ni desea que sufran sus seres queridos (a excepción de los masoquistas y sádicos). La lógica es sencilla: si las posibilidades materiales se cierran, solo queda el camino metafísico. La idea de asumir un camino sin continuación, sin retorno ni redención nos aterra. Es más fácil vender una mansión en el cielo que un oscuro agujero en el cementerio.

“Dios” es un gran consuelo ante la enfermedad. Es como la morfina inyectada en la vena de la ilusión. Pero aunque la publicidad celestial y el marketing divino nos quieran vender siempre el suero metafísico, es claro que nada de esto es efectivo. Lo objetivo, físico, fáctico, no va a cambiar con nuestros deseos.   Si no fuera así, podríamos tomarnos todos de las manos alrededor del Everest y con la fuerza de nuestros pensamientos, podríamos convertirlo en una gran torta de Jamón para los niños pobres.

Es cierto que hay miles de testimonios de gente que se ha “curado” milagrosamente y que ha atribuido esto a “Dios”, pero no hay ninguna comprobación real de esta relación. Un “milagro” es sencillamente algo que no puede ser explicado científicamente, pero de ahí a que esto tenga que ver con la existencia de algún “Dios” hay una distancia muy grande. Hace siglos los eclipses, los fenómenos naturales eran considerados “milagros”. Es evidente que con el transcurrir del tiempo, la despensa de los “milagros” se va a ir agotando.

Es cierto que es más fácil soñar, pero el deseo entronizado está bien para los libros de autoayuda. Nuestros deseos tienen su límite en la realidad. Y en esta realidad “Dios” resulta sólo un bonito concepto. Un sólo descubrimiento médico ha salvado más vidas que millones y siglos de rezos. Si nuestra sociedad fuera más pensante y menos crédula  Fleming y Pasteur tendrían más altares que San Pedro y San Pablo. La realidad es una sola: los santos de piedra y las rosas consagradas sólo han curado los bolsillos de curas y pastores, mientras que hoy se hace evidente que una sola vacuna puede salvar al mundo.

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