Señor, aparta de mi ésta porno. Crónica sobre la pornografía.

Por: Anddy Landacay Hernández

La pornografía ha sido, es y seguirá siendo un tema polémico. Y la razón es sencilla: involucra un elemento aterrador: sexo, sexo y más sexo. Sexo descarnado, sexo sin amor, sexo sin historias rosas. Penes y vaginas mostrados de manera explícita, sin mosaicos, sin cintillos negros, ni moralejas papales. En una sociedad con siglos de sexualidad reprimida y condenada, es lógico que la pornografía o “la porno”, como se conoce popularmente, aparezca como la más baja de las creaciones humanas.

Pero dejémonos de vainas. ¿Quién no ha visto alguna vez una porno? Ya sea a propósito, por casualidad, por presión de la mancha, cultura general, etc. Seguramente habrán algunos, pero fuera del Opus Dei o los anasexuales, no conozco a nadie. Tampoco es un tema estrictamente masculino, porque eso de que solo los varones ven porno es una mentira más grande que la torre Eifel.

Tampoco el tema de la mostración sexual es un tema reciente. En la antigua Grecia y hace más de 2500 años en la India y China ya se mostraban senos y falos enormes como símbolos de fecundidad. Ni que decir de lo famosos “huacos eróticos” de los Mochica aquí en Perú.

El porno propiamente dicho aparecería luego de la invención del cinematógrafo en 1895, y alcanzaría su cumbre en los setentas con la legendaria Linda Lovelace y su “Garganta Profunda”. Claro, pasando por “Taboo”  y “Memorias de una pulga” hasta llegar al maestro Rocco Siffredi.

Pero en fin, sobre los clásicos se puede hacer un libro. El motivo de este artículo es hacer hincapié en las motivaciones del universo de las porno. Tanto de los que la producen, como de los que la consumen. Del lado de los que la fabrican, no hay mucho que responder. La pornografía es un negocio lucrativo. Solo basta poner la palabra “porno” en el buscador de google para encontrar 195,000,000 de páginas relacionadas con el término.

De lado de los consumidores (en el cual evidentemente estoy incluido) las motivaciones son muchas: curiosidad, ocio, masturbación, casualidad, aprendizaje, etc.

Sobre la pornografía hay muchas sombras y creo que la principal de todas es intentar definir qué cosa es y qué no es porno.

….

Para los grupos radicales y conservadores cristianos muchas de las series y películas que se pasan en televisión y hasta las escenas (monses) de cama de las novelas mexicanas son calificadas de “pornográficas” (si quieren revisen sus “Atalayas”) .Y seguro para muchos musulmanes La Sirenita y las minifaldas de Lucecita serían consideradas pornográficas.

A los calendarios de Susan León y de Mónica Cabrejos también se les calificaron de pornográficos en su momento. Ni que decir del programa de Ricardo Badani en Canal 9.

En fin, hay miles de ejemplos que demuestran que la definición de pornográfico suele ser muy relativa, teniendo por lo general grandes dosis de prejuicio. Por ejemplo, de manera equivocada la película “Romance” de Catherine Breillat fue divulgada aquí en cines porno como Colmena o Le Paris.

 

Creo que debemos empezar por romper el mito de que las personas que consumen pornografía son gente enferma y pecaminosa, y que van a arder en el infierno si entran a ver, por ejemplo, Cholotube, Pornotube o lo que sea. No importa lo que diga Cipriani, ni el Padre Pablo, ni el Pastor Rodolfo Gonzales. Si se desea disfrutar de una buena porno, hágalo con comodidad y sin remordimientos.

 

Un elemento fundamental de la pornografía y que lo hace tremendamente atrayente es el de la fantasía. Las películas porno nos venden fantasías. Deseos que fluyen desde el inconsciente de nuestra sociedad y que ven la luz en los gemidos de una rubia empleada voluptuosa o en los tríos, cuartetos o sodomías. 

 

Otro punto importante es el voyeurismo de la naturaleza humana. El fisgón que todos llevamos dentro y que nos llevó a crear el cine. ¿Y qué es una pantalla? Pues esa ventana indiscreta de Hitchcock a través de la cual vemos la intimidad de terceros, en una sala, en la calle, en el baño y desde luego, en la cama.

Que hay gente desviada, obsesiva e inmadura, no desvirtúa el consumo de este material. También hay adictos al trabajo y al billar. Pero eso no significa que trabajar y practicar billar (que es un deporte) sean malos per se. Como todo en la vida, es cierto, hay límites y fronteras. Pero si no hay la libertad para oscilar por estos caminos, entonces se esta yendo en contra de la esencia misma del ser humano. Esa que nos permite fantasear, potenciar y disfrutar nuestra sexualidad. Así que ya saben, el que este libre de las porno que tire la primera paja.

 

 

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