Yo soy ateo…¡gracias a Dios!

Por: Anddy Landacay Hernández

ateoMi primer “encuentro con Dios” sucedió a los 6 años cuando le pregunté a mi santa madrecita de donde venían todas las cosas. Ella, muy convencida de sus palabras, me dijo: Diosito es el creador del mundo y él mira todo lo que haces, si te portas mal, él te puede castigar. Aquel día, sin proponérselo, mi madre me brindó el principio teológico más extraordinariamente simple: Dios existe, sí,  y es una especie de Gran Hermano que nos vigila hasta cuando vamos a cagar.

Hablar de Dios es un tema complicado. Mucho más complicado aún si se parte del grupo minoritario de los que negamos su existencia. Yo no recuerdo exactamente en qué momento me volví ateo pero si recuerdo claramente las circunstancias en las que me volví cristiano.

Mi infancia corría entre las peleas de los Transformers y los Thundercats, entre las loncheras de colores y el clásico tapercito con el huevo pasado. Hasta ahí todo era sencillo. No obstante, en algún momento, cuando creces y empiezas a hacer “uso de razón” (o razón de uso) se inicia una retahíla de inmensas preguntas celestes: ¿qué somos?, ¿de dónde venimos?, ¿de donde viene el universo?. Etecé, etecé  y etecé.

Lógicamente las primeras respuestas vienen del seno familiar y claro, las familias obtienen las respuestas de su entorno comunitario y éstas a su vez de la sociedad en la que viven. Es la perfecta figura de un embudo en la cual la sociedad esta en la parte ancha, la familia en medio y uno en la boca chiquita. Así llegan gran parte de nuestros conocimientos.

Mamita y papito venían de una larga tradición católica-apostólica-romana y eso se evidenciaba en la gran cantidad de imágenes que colgaban en las paredes: vírgenes, santos, niños manuelitos. Todos siempre con ese gesto de pesar y sufrimiento que me intrigaba tanto desde niño. “La familia de diosito siempre esta triste”, pensaba.

También afirmaban la religiosidad de mi hogar el tener que asistir a cuanta reunión sacramental hubiera en la familia: Bautizos, matrimonios, primeras comuniones, confirmaciones y casi-casi a la ordenación sacerdotal de mi primo hermano. Y digo casi, porque al final decidió hacer chuculum con su mujer y tener muchos hijos en lugar de hacer la misa.

La misa era otro punto que me hacia renegar (pero que no cuestionaba públicamente porque de todas maneras quería ganarme la beca al cielo) y es que no podía entender porque diosito me hacía levantar todos los domingos a las 8 de la mañana para ir a rezarle.

Sí ya tenía suficiente con levantarme todos los días temprano al colegio, por qué carajo diosito nos obligaba a asistir a su conmemoración a esas horas, cuando más que derramar fe en mi ojos, lo que tenía era un gran cúmulo de lagañas y un hilito de baba cayendo de mis labios.

Así fue forjándose mi vida de católico cristiano. Y tanto se hablaba de la muerte en las citas bíblicas que era inevitable que apareciera la angustia en algún momento. Algunas veces me levantaba llorando por las noches y le decía a mi padre: No me quiero morir, ¿por qué tenemos qué morirnos papá? Y mi padre, siempre preocupado por darme una respuesta satisfactoria, me decía que si obrábamos siempre bien nos esperaba un lugarcito a la derecha de Dios Padre y que, claro, no había nada que temer.

Yo quería ir al cielo con todas mis fuerzas, me esforzaba por cumplir a cabalidad los diez mandamientos. Es más , en semana santa, me soplaba el especial de Charlton Heston en la televisión, comía pan con atún los viernes, iba a las procesiones, cargaba mi rosario y a pesar de que escuchaba a mi profe de religión hablar de la paz y la unión que Jesús traía entre los hombres; no entendía  porque cuando empezaba la clase, mi amigo Ezequiel, aquel de gorrita de Chómpiras, se retiraba del salón junto con esos niños que me decían que no había que adorar imágenes.

En la adolescencia mi cabeza era un cúmulo de preguntas sin respuesta y claro, de hormonas revueltas. Recuerdo que el momento más terrible y a la vez más esperado por mi familia fue cuando me preparaba para cumplir con el sacramento de la Comunión. Todo iba bien en las reuniones, asistía con puntualidad, llevaba mis folletitos del Pan de la Palabra que devoraba con especial interés, respondía las preguntas que los catequistas me formulaban, todo para beneplácito de mi madre.

Todo estaba bien hasta que llegó el día de la confesión. Me rompía la cabeza al no saber como decirle al cura que andaba violando a diestra y siniestra el noveno mandamiento. Pero ¿cómo pedirle a un adolescente que no tenga pensamientos ni deseos impuros? ¿Cómo? En ese momento tenía sentimientos encontrados: por un lado me sentía palteado y por el otro muy halagado porque el hacedor del universo, el ser supremo, el padre celestial y omnipresente se daba tiempo dentro de su recargada agenda para supervisar personalmente mi rutina diaria de pajazos.

En fin, aquella vez llegué hasta inventarme pecados para no tener que hablarle al padre Roberto de mis prácticas onanistas. Finalmente hice mi primera comunión, pulcramente vestido de blanco, recibiendo la ostia y con mi velita y crucifijo en la mano. Amen.

Es evidente que el concepto de Dios es muy amplio. Generalmente cuando hablamos de Dios en occidente nos estamos refiriendo al Dios Cristiano, pero en realidad hay muchos otros dioses, con cientos de nombres y de rostros. En esta pequeña historia real “diosito” representa al Dios judeocristiano, ese que absorbemos sin razonarlo, por influencia de nuestra sociedad y tradición y que no resiste el menor análisis científico.

Hay miles de personas que dicen haber resuelto sus conflictos existenciales acercándose a ese Dios contradictorio de la Biblia. En mi caso puedo decir que mis conflictos se acabaron cuando abandoné la inútil creencia de Dios y asumí mi condición temporal, finita y humana empezando a vivir de verdad. Desde aquel día en que me levanté de la cama, me miré al espejo y acepté mi existencia con todas sus limitaciones; encontré un autentico camino, un camino propio y moral que no espera ni recompensas, ni castigos y que te enseña a disfrutar cada minuto de la vida por más dura que ésta sea.

Dios no existe. Hoy lo afirmo más convencido que nunca. Aunque la Iglesia me excomulgue y los creacionistas y su “diseño inteligente” quieran seguir negando el legado de Darwin. No existe. Es solo una disposición cerebral estimulada por un gran merchandising teológico. Mientras tanto, por si acaso, cada vez que me pregunten por mi fe, solo diré como el gran Luis Buñuel: ¡Yo soy ateo…Gracias a Dios!

www.landacayhabla.tk

 

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