A las puertas de Damasco (O de la extraña historia de Saulo)

Por: Anddy Landacay Hernández

En las lejanas tierras colindantes al mar mediterráneo encontramos a los primeros seguidores de Cristo. Guiados por el poder excelso del Espíritu Santo pregonan su mensaje de paz y llevan la fe cristiana por Jerusalén, cruzando toda Judea y luego el norte por Samaria y más al norte en Antioquia de Siria.

Por estos tiempos, también existe una persecución inclemente contra todo cristiano. Los emperadores romanos ven en estos grupos, una clara afrenta contra las costumbres, puesto que se niegan a ofrecer incienso a los dioses nacionales y a las divinidades imperiales.

La lucha es incesante. Los métodos de los más variados e ingeniosos: confiscación de bienes y de vidas. Credos coronados por el fuego, la mutilación, el agua hirviendo, los circos y las fauces de las fieras, los discursos que excitan en los oídos del pueblo, el odio y la furia contra los discípulos de Jesús.

En medio de este contexto, cuentan los Santos Evangelios (escritos por la mano de Dios) que mientras un grupo de paganos apedreaban a un cristiano confeso llamado Esteban, otro joven de nombre Saulo contemplaba la escena con mucho agrado y regocijo.

Pero la providencia actuó en él. Un día se presentó ante el sumo sacerdote y le pidió autorización para poder ir hasta las sinagogas de Damasco, donde los cristianos se encontraban “llenando las cabezas de los judíos” con ideas nuevas acerca del hijo de Dios.

La furia con que Saulo perseguía a los cristianos era inmensa; esta reflejaba en sus ojos, por tal motivo la autorización le fue concedida de inmediato.

El cielo lucía totalmente limpio. El sol era intenso y sofocante. Los hombres y los caballos estaban listos. Saulo dio la orden de partir. Desde Jerusalén cruzaron las ciudades de Jericó, y siguieron la margen izquierda del río Jordán hasta cruzar Samaria. Tuvieron un breve descanso en Galilea y luego continuaron al noroeste rumbo a Damasco. La furia brillaba en los ojos de Saulo, mientras más se acercaba a su destino. Su odio hacia los cristianos lo hacía incontenible.

Sin embargo cuando se encontraba a unos 500 metros de la ciudad de Damasco, una luz proveniente de los altísimos cielos lo rodeó hasta hacerlo caer de su caballo. Cuando levantó la mirada vio la imagen de Cristo que le decía: “Saulo, Saulo ¿por qué me persigues?” . Saulo le preguntó: “¿Quién eres señor?”. Y cuando el Mesías estaba contestando: “yo soy……. , una segunda luz cayó del cielo dejándolo totalmente ciego.

En medio de la oscuridad, Saulo se arrastró unos metros; más pronto las fuerzas lo abandonaron hasta desmayarse.

En ese momento todo tenía el sabor de un sueño.

Saulo recuperó la vista, y al levantarse del suelo vio un extraño templo blanco, de arcos dorados y cúpulas adornadas con cientos de cruces. En lo alto, desde un púlpito , un hombre hablaba de Jesús y sus enseñanzas, y sobre todo de cómo el apóstol Pablo después de convertirse al cristianismo por la gracia de Dios llevó su mensaje divino por el Asia Menor, y como después la verdadera religión penetraría en el mundo helénico y romano para ser finalmente reconocido por Constantino, lo que marcaría el triunfo de la Santa Madre Iglesia.

El romano aún no entendía nada, la confusión corría por su mente al ver a esa extraña gente echando monedas en las castañillas de oro después de persignarse. Todos oraban, al igual que los cristianos a los que tanto odiaba.

Una nueva luz lo volvió ciego. Saulo había visto lo que a otros hombres les había estado prohibido. “¿Qué juego demoníaco me han hecho los cristianos?”, se preguntaba. Y entonces al recuperar la vista nuevamente, observó en la sinagoga de Damasco aun hombre predicando ante la extrañeza de los judios.

“Ese, ese es el que antes perseguía a los cristianos”, dijo un anciano. “Ahora se hace llamar Pablo y defiende con mucha fe la palabra de su Salvador”.

Saulo se acercó al predicador abriéndose paso entre la multitud. Ambos se miraron las caras. Uno era el espejo del otro. Con distintas ropas, pero con la faz idéntica. Ninguno dijo nada. Judíos y cristianos murmuraban. La misma persona, perseguidor y perseguido frente a frente. Saulo y Pablo, dos personas diferentes coincidiendo erróneamente en un mismo tiempo.

¡HE AQUÍ LA OBRA DE LA RELIGIÓN NUEVA! , exclamó el romano, luego de volarle la cabeza al apóstol Pablo y de paso al incipiente cristianismo.

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