El Inevitable Espectáculo de la Muerte

Por : Anddy Landacay Hernández

Miércoles 26 de septiembre. Av. Brasil, Cuadra 18. El frío azotaba las pocas plantas que quedaban en Jesús María. Unos cuantos empezaban a correr sin dar explicación alguna. Yo continuaba con mi paso lento de costumbre. Otros más fueron corriendo. La curiosidad comenzó a instigarme. ¿Qué pasa? Pregunté. ¡Un muerto! Exclamó un muchacho que también corría. Todos parecían ahora correr guiados por un impulso más fuerte que sus cuerpos.

Cuando llegué a una esquina, pude contemplar una fila interminable de autos que pugnaban por atravesar el cruce. Me acerqué un poco más y pude comprobar que no era un muerto, sino una muerta. Alguien le había puesto una frazada oscura que cubría gran parte de su cuerpo, sin embargo, dejaba al descubierto, su larga cabellera rubia, y las piernas separadas por el impacto.

Supuse que era una estudiante, sus ropas juveniles y la cercanía a la universidad lo daban a entender. La preocupación me hizo cruzar la pista rápidamente, saltando los asientos azules del paradero. Esquivé a los primeros curiosos y pude llegar finalmente a ver la macabra escena: La muchacha estaba tendida con la boca abajo, la cara inclinada ligeramente hacia el lado izquierdo y recostada sobre su mano derecha, la boca estaba abierta como dispuesta a dar un grito de espanto; mientras la sangre comenzaba a serpentear lentamente como un riachuelo que brotaba de su orejas y de sus fosas nasales, el rojo trágico se mezclaba inevitablemente con el color brillante de su cabello.

La gente comenzaba a llegar en gran cantidad. Todos espectaban la escena con los ojos bien abiertos.

No era un partido de fútbol, pero todos pugnaban por tener la mejor visión. No era un concierto, pero todos querían acercarse al cuerpo de la desafortunada mujer. Ninguno era su familiar ni su amigo, pero eso no tenía importancia.

De pronto, apareció la prensa con sus cámaras apuntando a un blanco que no podía moverse. Los reporteros apresurados interrogaban a los principales testigos. La gente no se movía por más que la policía interviniera.

Una mujer se acercó al cuerpo, “¡Soy periodista!” manifestó altaneramente. Contempló el paisaje sangriento, se tomó la quijada, dio dos pasos hacia el frente y sin ningún pudor levantó la frazada para ver el rostro destrozado. Las cámaras se abalanzaron casi instantáneamente en busca de la mejor toma, un muchacho evidentemente indignado exclamó a toda voz: ¡Malditos! ¡No tienen ética! , sus palabras parecieron estrellarse contra una pared. La periodista ni se inmutó.

Los gritos del joven retumbaron en mis oídos y me hicieron reflexionar: ¿no era eso lo que en el fondo deseaban todos los que estaban allí?, ¿no era ese el deseo inconsciente de todos los curiosos?, ir hasta allá y levantar la frazada, ver sus ojos sin brillo, y su boca sangrante. Sí, eso era en el fondo la razón que llevaba a tanta gente alrededor de un muerto.

La policía le pidió a los curiosos que retrocedieran, esta vez si le hicieron caso. En ese momento, uno de los efectivos empezó a auscultar el cuerpo en busca de algún documento, sin tener suerte, la pobre había salido de casa sin identificación, pero eso ahora de nada servía, la identidad en un cuerpo sin vida es solo un mero simbolismo.

Unas muchachas que estaban en frente, se persignaban, no por el alma de la infortunada, sino por el miedo que provoca la idea de que eso pudiera sucederles también. Los autos que pasan cerca se detienen una y otra vez. Los vendedores de golosinas van y vienen, para ellos la vida continua y un muerto no paga, pensarían.

Una madre carga a su hijo para que contemple mejor la tétrica escena, mientras otro niño, muy sucio él, come impávido su galleta mientras se agacha, para ver el brillo del anillo dorado en la mano izquierda de la mujer sin vida.

Un perro es inevitable en este tipo de eventos. Este se acerca lentamente, casi desperezándose y moviendo la cola amablemente. Ha llegado seguramente atraído por el rito de la muerte. El frío lo hace estremecerse y entonces busca abrigo en las piernas rígidas de los curiosos.

Los periodistas continúan con su labor infatigable. Foto aquí, foto acá, llamada a las redacciones, etc. Qué labor incomprensible esta de los buitres de saco y corbata. La noticia tiene que llegar aunque sea tan fétida como el olor de un cadáver putrefacto.

Qué paradójico, venirse a morir frente a una Facultad de Comunicación. En el único lugar dónde algo como esto no podría pasar desapercibido. En el único lugar donde la curiosidad es materia prima.

No, no puedo evitar sentirme extraño, yo había contemplado tantas veces otros muertos, me había bajado del carro para verlos sin espantarme ; pero este era diferente, este se me puso en frente. Era como si un día al salir de casa ,uno tropezara con un muerto en su vereda. Así de raro.

Habían pasado casi dos horas y el público no se movía ni siquiera por el hambre. Nunca como antes había estudiado tan de cerca los interminables límites de la morbosidad, nunca como antes me vinieron a la mente tantos pensamientos confusos, que me hicieron dudar hasta de mi propia existencia.

En esa confusión , por un momento pensé ilusamente que todos se habrían de dar la mano y que unidos habrían de dar fuerza al cuerpo sin vida, pensé que todos buscarían dentro de su cuerpos la vitalidad perdida y que al unísono como en un canto gregoriano sus voces estremecerían la carne ensangrentada y no dejarían al cadáver seguir muriendo.

Pero me equivoqué. Sí, me equivoqué. Porque ni esta era la masa sobre la que escribió Vallejo, ni este era el muerto que se echó a andar. No, esta era otra realidad, absurda e inevitablemente fatal, esta era una realidad totalmente ajena al afán idealista de un poeta que creyó en el hombre. Este no era el cáliz de España, esta no era la masa, este era simplemente el Perú, esta era lima, esta la Av. Brasil, con su olor a hamburguesa barata y esta una multitud cualquiera, contemplando a un muerto cualquiera, llamados todos, por el inevitable espectáculo de la muerte.

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