El sentido de la vida

Por: Anddy Landacay Hernández

 “Estoy absolutamente convencido de que la vida no tiene ningún sentido, es más, de que nada tiene sentido”. Cuando Claude Lévi-Strauss, el célebre etnólogo, sociólogo y antropólogo francés, realizó esta afirmación al cumplir nada menos que 92 años de edad; no pude más que sentirme por un momento desconcertado. Sin embargo, el tiempo y las cefaleas me hicieron reflexionar sobre sus consideraciones y volver con serenidad sobre las ideas difusas que rondaron sobre mi cabeza.

 Y desde entonces no dejé de fastidiar a mis compañeros con estas preguntas: ¿Tiene la vida algún sentido? ¿Tuvo la vida algún sentido? ¿Tendrá la vida algún sentido?.

La gran mayoría se aprestó a responder que sí, que efectivamente la vida tiene un sentido, y que obviamente ese sentido era Dios. Yo les refuté diciendo que esa era una respuesta muy facilista y por demás convencional. Instantáneamente me tildaron de hereje y loco, después de todo quién era yo para malograrles las fiesta diciéndoles que cuestionen sus dogmas de fe, quién era yo para hablar de esas cosas que según dicen no se deben hablar o se deben hablar bajito, sino diosito castiga.

Pero como los ojos se han hecho para leer y la cabeza par pensar, es un ejercicio saludable razonar un poco.Los epicúreos tienen un postulado por demás interesante: ¿Qué carajo tiene que ver lo absoluto con lo condicionado? “si los dioses existen no se preocupan por nosotros”, o como diría nuestro conocido César Hildebrandt en artículo publicado el 01 de enero del 2001: “Dios no debe darnos tanta importancia, Dios no atiende a domicilio”.

La vida en sí misma, como ente independiente y efímero no tiene un sentido objetivo y absoluto como muchos creen equivocadamente. Y eso es muy sencillo de comprobar haciéndonos la pregunta del millón: ¿Es igual el sentido de la vida para todas las personas?. Claro que no. Si yo le preguntara a un mendigo, a un médico, o a un campesino cual es ese sentido, sus respuestas serían totalmente diferentes y hasta antagónicas

Por lo tanto no existe un sentido objetivo de la vida. Aunque el cura o el pastor de la esquina nos digan que si decimos eso, Dios nos espera al final del camino con un palo en la mano.

La tradición occidental ha sido y es sumamente castradora, sobre todo en lo que se refiere a la capacidad de cuestionarla. Nos ha convertido en una especie de Eunucos de la razón, y por lo tanto estamos durante siglos repitiendo la cantaleta del cielo y el infierno, cuando ya hemos descubierto que en el cielo están los seguidores de Neil Amstrong y hacia abajo está la China.

¿Por qué nos asusta tanto el vacío? ¿Por qué nos asusta tanto pensar?

El asunto es que pensar nos trae nuevas preguntas y nuevas complicaciones. Ya lo decía Nietzsche: “si quieres la felicidad, cree; si quieres ser un secuaz de la verdad, busca”. Y absolver la vacuidad es un tremendo esfuerzo para el ser humano, meter el cuerpo en la nada y bucear hasta buscar la orilla no es una empresa que muchos quieran iniciar.

Es así que debemos construir desde adentro aquel puente que no tenemos afuera. Y ese puente necesita de todos los ladrillos que podamos encontrar al interior de nuestra existencia; el problema está, cuando nos auscultamos y vemos la despensa vacía, el pan sin miga, el conjunto vacío, en suma, una dentrura con muchas carencias que llegado el momento nos pasa la factura, es en ese instante que comienzan a aparecer los dioses del Olimpo, las estrellas sagradas, las vírgenes que lloran, los pare de sufrir y un largo etcétera mundial.

Pero, ya sea por azar, por terquedad, por el big bang o lo que debiera serlo, mientras gocemos de este espacio para obrar, para pensar, para respirar y para reír, llorar, enamorarse, odiar, acertar o equivocarse, no tendremos uno, sino muchos sentidos y quien sabe, en un poema, en la mano tendida al caído, en una historia que contamos a nuestros hijos, en una sonrisa por la mañana, encontraremos el sentido de la vida.

www landacayhabla tk

 

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