El síndrome google

¿De qué color era el calzón de Madonna en su primer concierto?. Facilito, búscalo en el Google. ¿Qué marca de máquina de afeitar usaba Osama Bin Laden durante el bombardeo a Afganistán? Sencillo, busca en Wikipedia. Así de simple se resuelven las cosas en nuestro mundo postmoderno. Y es que en la actualidad todo, hasta el sexo, parece seguir la lógica del Google: rápido, breve y ordenado.

Todo esta en Internet. Este es el pensamiento del ciudadano de hoy. No se puede negar la gran influencia de la World Wide Web en nuestras vidas. Su desarrollo cambió definitivamente nuestra forma de ver el mundo y sobre todo la forma como accedemos a la información.

Y si el Internet es la gran casa de la omnisciencia, Google parece ser la puerta por donde se accede a este universo. Creada en 1998 por Larry Page y Sergey Brin, dos jóvenes de la Universidad Stanford, éste buscador que aplastó a Altavista y compañía, parece haberse convertido en el Oráculo de Delfos contemporáneo.

Sobre el porqué del éxito de Google se han escrito cientos de artículos y hasta hay libros al respecto. Pero en realidad creo que se podría resumir en dos palabras: rapidez y efectividad.

La rapidez en un mundo que exige ir a un ritmo frenético y automático, como el Charlot de Chaplin en “Tiempos modernos”, es un valor que calza perfectamente con los patrones de hoy. Y prueba de ello es aquella cojudez de la estimulación temprana, que en el fondo no es más que el discurso publicitario para que tu hijo sea un genio y hable, cante, corra y dé discursos antes de aprender a cagar solo. El mundo ya no quiere niños que jueguen y hueveen, sino pequeños hombres que “produzcan” y “sirvan” a la economía global.

Por otro lado, la efectividad consiste en la consecución de los resultados. Tienes que tener éxito. Sí o sí. Estamos en la época de la calidad total. En el colegio: si no sacas veinte o eres el primer puesto no vales ni mierda. En la universidad: si no ingresas, si no terminas, si no sacas tu titulo, estás cagado. En el trabajo: si no eres el mejor, si ganas menos que tu vecino, si no eres el que esta arriba. Estás reverendamente jodido.

Todo esto es lo que yo llamo el síndrome Google. Es un síndrome que va más allá de la información. Es algo que afecta el pensamiento y la forma de acercarse al mundo y a otro ser humano. Las personas empezaron a creer que el mundo es un rectángulo en la pantalla y el hombre una página web.

Quieren que todo sea instantáneo, el express, el fast food, el cajero automático, los libros resumidos de 50 céntimos. Para qué voy a leer el libro, mejor veo la película. Para qué voy a escribir, si es más fácil copiar y pegar. Para qué voy a voy a esperar a encontrar un tacho de basura si ahí esta la pista. Para que voy a buscar un baño público, si es más fácil mear en la calle, para qué esperar la luz verde si no hay tombo cerca. Pisa, pisa nomás.

Y así es la vida ahora. Sin tiempo para nada. Estamos inmersos en un sistema que nos vuelve (más) egoístas, nos vuelve autómatas, objetos en vez de sujetos. Pasamos más tiempo frente a una computadora, que frente a nuestros padres, hijos, hermanos, amigos, etc. el sistema nos obliga a seguir esta rutina como si fuéramos un Sísifo obligado a subir la roca a la montaña una y otra vez para pronto descubrirnos solos. Con dinero, con auto, con maestrías y doctorados, con prestigio profesional, pero cada vez más solos, más egoístas, más abocados al mal llamado “PROGRESO”.

El “tengo mil cosas que hacer” ha dominado al hombre postmoderno. El “no disponible”, “ausente”, el “si desea deje su mensaje” nos ha capturado y no nos dimos cuenta. Nunca hay tiempo para nada. A veces ni para nosotros mismos.

Por ese motivo, en Europa apareció el movimiento Slow iniciado por Carlo Petrini siendo luego impulsado por el periodista Carl Honoré, quienes en una lucha quijotesca, buscan acabar con el ritmo frenético de nuestro mundo y mejorar la calidad del ser, es decir buscan darle el espacio al ser humano por encima de la frialdad de los números. Honoré descubrió la importancia de ir despacio en un mundo de prisa, cuando casi le compra una colección de cuentos resumidos en un minuto para leerle a su hijo antes de dormir.

Y eso es lo que debemos rescatar. El tiempo con el otro que nos hace ser humanos. El trabajo, el dinero, los laureles, son lo prescindible. Correr con tus hijos, jugar play station con tu mejor amigo, dormir, comer sin prisa, caminar sin mirar el reloj, cocinar, sentarte a mirar las olas del mar, o que michi, el perro que se rasca en la esquina, eso es lo auténticamente vital. Para todo lo demás, (es decir lo que no sirve) ¡existe Master Card.!

www.landacayhabla.tk

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