Hey… Flaca…Agrégame a tu Facebook!

Por: Anddy Landacay Hernández

Definitivamente la forma de relacionarte con el mundo ha cambiado. Hace algunos años si querías conocer una flaquita o hacer amigos te ibas al parque, a una discoteca, a una galería, o simplemente a caminar. Invertías tiempo, dinero y floro. Hoy el proceso es más sencillo, solo tienes que abrir una página y escribir un comentario: Hey… flaca estás rica…Agrégame a tu Facebook!!

Sónico, HI5, Badoo, Facebook, MySpace, y un largo etcétera. Sí, me estoy refiriendo a las famosas redes sociales en Internet que desde su aparición en el 2000 se han multiplicado como una pandemia virtual haciendo que en el ciberespacio hombres y mujeres se despojen de pudores y saquen el modelo o la modelo que llevaban (bien) adentro.

Si bien es cierto que las motivaciones de los usuarios suelen ser variadas, creo que los principales motores del éxito de estos espacios son dos: la fantasía y la ostentación.

No se puede negar que éstas redes son un poderoso vehículo para vencer la terrible brecha de la distancia y conocer, por ejemplo, qué fue de la vida de aquellos a los que no vemos hace años. De esta forma, me acabo de enterar que un amigo está en España haciendo un doctorado y que otra amiga ya tiene nueva familia en EEUU.

También hay otros usos para las redes sociales como la publicidad, el marketing o la búsqueda de profesionales de la misma rama para entablar temas de conversación en común.

Sin embargo, el usuario común y silvestre, es decir aquellos que usan nicks names como: la sexy girl, las malcriadas del rico llauca, el cangry power o the dark daddy, y que saturan éstas páginas con 3000 fotos de sus piercings y tatuajes en todos los ángulos, se enmarcan plenamente en las motivaciones antes descritas.

Pero empecemos con la ostentación. Ostentación viene de ostentar, es decir mostrar, hacer patente algo; en suma, alardear. Y eso se evidencia en el componente principal de la estructura de páginas como Hi5, es decir: la fotografía.

De esta forma, un elemento de identificación tan simple como un espacio para la foto, se convierte en un altar de la mostración exacerbada. Estos espacios son un juego de egos muy interesante.

Cuando no existía el Internet la única forma de hacer pública una foto, era apareciendo en las portadas de la revista Gente o en las páginas sociales de El Comercio o de Caretas. La otra forma era aparecer en las páginas policiales de La República, aunque creo que esta última opción no era muy deseada.

Es decir, para tener un espacio dónde mostrar tu rostro, o tu cuerpo, para que la gente te mire y hable de ti, tenías necesariamente que estar dentro de un staff de modelos. Y eso implicaba que al haber nacido feo (a) tenías que, caballero nomás, danzar el “Baile de los que sobran”.

El gran resultado de estas redes sociales es que cualquier persona: fea, bonita, alta, chata, gorda o flaca, tenga la oportunidad de “lucirse”, buscando su mejor ángulo, o en algunos casos apoyándose en la magia quirúrgica del photoshop.

Del lado de las mujeres, es normal ver fotos de primeros planos de tetas, culos, o piernas. En el juego de apariencias es normal que quien más llame la atención tendrá más comentarios al final de la foto. Porque seguro, si pones una foto tuya con hábito, no te escribirá ni tu madre; pero si te sacas una foto en hilo dental mostrando el alma a la cámara, ten por seguro que te escribirá toda la barra de Alianza Lima.

Cada mensaje en el pie de foto es un gran masaje al ego. Y bueno, dirán: ¿quién no ha querido sentirse bonito(a) alguna vez?. Si en el cuento la Cenicienta tenía su hada madrina que la hacia ver bella radiante hasta las 12. En el mundo virtual la tecnología te da la oportunidad de verte sexy las 24 horas del día.

En el caso de los varones no hay muchas diferencias. Se muestra todo lo que se pueda, torsos desnudos, bíceps, cuadriceps (en el caso de tenerlos) y si no se tiene, pues bueno a buscar el ángulo más condescendiente con nuestra pinta. Los tatuajes también son importantes de mostrar, además de piercings, extensores, autos, armas, motocicletas o todo aquello que pueda demostrar arrojo, valentía, poder y “masculinidad”.

No importa qué. Lo importante es mostrar algo que se pueda ver bien y generar comentarios o qué te agreguen a su red de contactos, mal llamadas “red de amigos”.

En este punto me quiero referir a la fantasía, el otro factor que junto con la ostentación mueven el motor de las redes sociales. Y la principal fantasía de este medio es: la ilusión de la popularidad.

Roberto Carlos soñaba en su canción con “tener un millón de amigos” y muchos aspiran a llegar y a superar esa cifra logrando que cada día más personas se sumen a su libreta de contactos. Si no lo haces tú, la misma empresa que te brinda el servicio atosigará a otros enviándole un mensaje personalizado con tu nombre y tu foto, un mensaje que por cierto nunca escribiste, cumpliendo una lógica perversa del circuito automatizado de la amistad.

Más allá de ser incómodos estos mensajes, a mi me llegan (y me llegan) diariamente cientos de estas invitaciones a mi correo para unirme a tal y cual red; creo que revelan en el fondo la profunda soledad del hombre postmoderno, esa que lo lleva a tener la necesidad de mostrar por fuera aquello de lo que se carece por dentro.

Es que siempre resultará más fácil mostrar un par de tetas o un culo impresionante que llegar a perfeccionar una conversación inteligente; siempre será más sencillo mandar un mensaje a través de un frío cuadro de comentarios que interactuar cara a cara con las personas y mostrarnos tal como somos: con defectos y con errores; siempre será más simple aumentar la cifra de nuestros contactos, que cultivar en persona la amistad y el amor; que a decir verdades, es más jodido que rascarse el poto con los pies.

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