Sobre las injusticias de la vida

Por: Anddy Landacay Hernández

Alguna vez José Carlos Mariátegui, cuando todavía era un “niño talentoso y malcriado” como lo llamaba Clemente Palma; escribió talvez una de las crónicas más conmovedoras por su profunda sensibilidad humanística. Refirióse el joven Mariátegui a un hecho que pasó inadvertido por los cronistas policiales y la burguesía limeña de 1914 por su soberbia y menosprecio hacia la plebe.

Un joven ladrón se suicidó en el Hipódromo para no ser capturado por la policía. Este hecho no provocó ninguna reacción por parte de la elite fanática de la hípica. “ Un vulgar ladrón” dijeron. Y continuaron su apoyo al Crack , el mejor caballo de la tarde; sin embargo cuando el corcel sufrió un accidente en la pista de carrera todos corrieron hacia él preocupados por su estado de salud. Esta demostración de insensibilidad y desprecio hacia “los otros” por parte de la burguesía hizo reflexionar Mariátegui calificando este hecho como “la eterna injusticia de las cosas humanas”.

Y definitivamente, en mis pocos años he comprobado que el mundo ha sido construido con cimientos de injusticia y de egoísmo.

Fue injusto que Dios expulsara a Adán y Eva del paraíso sólo por haber comido la “manzana del realismo”, condenándolos luego a someterse a los tormentos del trabajo ( he aquí la comprobación de mi teoría de que el trabajo es un castigo divino , se supone que el estado ideal del paraíso era no trabajar) .

Fue injusto que Caín matara a Abel sólo por celos infantiles y más injusto fue que su mismo Dios le diera derecho a reproducirse.

Fue injusto que el altísimo hiciera padecer tanto a Job , sólo porque el diablo le “metió candela” y éste no quiso perder la apuesta.

Fue injusto que un día al hombre se le ocurriese la bendita idea de cercar un pedazo de tierra y decir “esto es mío”; porque a partir de ese momento nace todo un sistema que se basa en la posesión , la posesividad y el egoísmo, y por que ha originado las guerras incesantes por la acumulación de riquezas y el poder.

También fue injusto que este concepto se haya extendido al campo del amor y ahora se escuchan canciones como aquella que interpreta Eva Ayllón y que lleva ese título tan capitalista de “Mi propiedad privada” . Hasta esos límites ha llegado la injusticia.

Es injusto que los sumerios descubrieran la escritura (cuneiforme, pero escritura en fin) para que siglos después, existan millones de personas que sabiendo hacerlo, no lo hacen y otros que queriendo hacerlo no lo saben.

Fue injusto que los Caldeos y los Asirios se unificaran para dar lugar a un Imperio cruel y despótico. Y fue injusto que en medio de toda esta vorágine violentista naciera el primer código o legislación del mundo: el Código de Hammurabi que fue tallado en piedra con la misma dureza con la que se impartió.

Fue injusto (y sigue siendo injusto) que a Zaratustra no se le haya dado la relevancia que merece junto a Jesús, Buda, Mahoma o Confucio, (Salvo Nietszche que lo reivindicó en su monumental libro) y que hoy en el nuevo milenio sigue siendo desconocido para las mayorías.

Fue injusto que un pueblo de pastores guiado por Abraham pasara tanta miseria y cautiverio en manos de Egipcios, Babilonios y Nazis, pero muchísimo más injusto fue que se creara tan arbitrariamente el Estado de Israel (gracias a Inglaterra y EEUU) y que una vez logrado la hegemonía el medio oriente, desconocieran la validez del Estado Palestino, obligando desde entonces a los seguidores del Islam a vivir como ratas, en guetos, hacinados, y rodeados de tanques y sufriendo bombardeos, y es injusta que se muera y que se mate en nombre de Dios, que en la desesperación se ponga uno bombas en el cuerpo, es injusto la retroalimentación del odio mutuo.

Fue injusto que los griegos inventaran la democracia para unos cuantos y que hoy en nombre de ella se mate a muchos.

Fue injusto que Roma perdiera su esplendor por la cojudez de sus hombre y la ambición de poder.

Fue injusto que se crucificara a Jesús, no sólo porque fuera inocente, sino porque le quitaron el trabajo de seguir viviendo y sufriendo aquí en la tierra en medio de tanto imbécil. Por eso luego de pronunciar su célebre frase “mi reino no es de este mundo” (frase tremendamente despectiva para la humanidad) sencillamente se fue.

Fue injusto que en nombre de Marx, se construyera un Estado basado en la supuesta “igualdad”, pero dejando de lado la libertad.

Fue injusto que el mundo se partiera en dos durante la Guerra Fría y que se creara la monstruosa Cortina de hierro como signo tétrico de la separación de los seres humanos.

Fue injusto que en nombre de la “libertad” se dejara desarrollar un sistema basado en la más profunda desigualdad, en el más incesante egoísmo, y que ahora le llamamos globalización.

En el Perú, las injusticias son doblemente injustas. Y se refleja en el olvido de aquellos que lucharon por sus ideales, el desprecio y la marginación de los mejores hombres, sino recordemos al propio Vallejo, viviendo entre tantas carencias allá en Paris con aguacero, sino recordemos a José María Arguedas que fue destruido moralmente, humillado y vapuleado por aquellos que despreciaron su obra, basta recordar a Juan Gonzalo Rose y sus últimos años, sólo, enfermo y sin trabajo.

También es injusto que el programa de Marco Aurelio Denegri no tenga un solo auspiciador, que los maestros, los policías y los jubilados ganen sueldos miserables, que se bote tanto dinero en una selección de fútbol que no ha ganado absolutamente nada, mientras que otras disciplinas con el karate o el box , que dan mejores réditos entrenan en condiciones precarias, que la televisión siga empobreciendo a la gente con programas estupidizantes, que el voto sea obligatorio, que Alan tenga el descaro de seguir postulando, que Fujimori no sea enjuiciado, que los Crousillat aún no sean extraditados, en fin, me faltaría mucho tiempo para seguir describiendo todas la injusticias que se escriben a diario en este libro de la vida, pero guardo la esperanza (tal vez ilusa) de que empecemos desde casa a cambiar este rumbo tan oscuro, por ejemplo enseñándole a ese niño que comienza a darse cuenta de las cosas el respeto a los otros y a valorar esas cosas que desprecia nuestra sociedad: la solidaridad, la justicia…la cultura.

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