La Lengua Asustada: Hilaria Supa y “Aldito” Mariátegui

Por: Anddy Landacay Hernández

“¡Qué Nivel!”. Ese fue el título que vomitó la portada de Correo denunciado las carencias ortográficas de Hilaria Supa y que hasta motivó un debate en el Congreso. Y no sé por qué, cuando vi esta portada tuve la sensación de estar escuchando en coro a la China Tudela, las Viejas Pitucas o a las Viejas de la Molina que siempre desprecian con esas palabras a los “cholos de Ate” que están “del otro lado de la Reja”. Sin duda alguna, estas palabras tenían que tener el sello indudable del producto menos feliz de la familia Mariátegui: el popular “Aldito”.

“Pongo el parche… No nos anima ningún ánimo peyorativo, excluyente, racista, clasista, costeñista, anti-indigenista, etc. contra la congresista humalista Hilaria Supa.”. Esta ha sido la defensa del director de Correo. Pero claro ¿en nuestro país alguien dice abiertamente que es racista o discriminador? Pues seguro muy pocos o ninguno. Sencillamente como dice Sandro Venturo “en un país racista nadie es racista”.

Lógicamente si se es director de un medio de comunicación es mucho menos probable que alguien se reconozca de esta forma. Pero en honor a la verdad, Aldo Mariátegui es un dogmático de un liberalismo económico mal entendido, un reaccionario y fascista que desprecia las culturas del interior del país y que obviamente no entiende nada de la realidad fuera de lo que lee en la “Rica Wiky”.

El titular “¡Qué Nivel!” es hechura de su inconsciente creación heroica. En su castrada forma de pensar alude a dos cosas: por un lado habla del pobre conocimiento de la lengua española de Hilaria Supa (que es lo que él reconoce en su columna de opinión) pero al mismo tiempo hay un meta-mensaje que hace alusión a la condición social y cultural de la congresista afectada.

Me imagino a Aldito en la mesa de redacción levantándose la nariz al mirar la foto de Supa y diciendo: “Ay, Fo… ¡Qué Nivel!” o “Aléjate igualada” o siendo más especifico el mensaje que trasmite es el siguiente: “Por qué esta chola igualada del campo y de pobre nivel gana 20 mil soles mensuales cuando lo que debería estar limpiando el baño de mi casa”.

Otro aspecto importante que ha mostrado la ocurrencia de Mariátegui es el pobre conocimiento de la realidad del quechuahablante y el desprecio a un idioma que a pesar del reconocimiento oficial sigue siendo motivo de prejuicios y sentencias absurdas.

Según la Dra. Martha Hildebrandt “Ella no ha sido discriminada por su condición de quechuahablante. Ella escribe mal el castellano”.Y con todo el respeto que le tengo a la Dra. Hildebrandt y su comprobada erudición lingüística, creo que en este punto no ha captado el transfondo del mensaje de Correo.

¡Claro que tiene que ver su condición de quechuahablante! Si las deficiencias que se ven en los dichosos apuntes de su agenda se deben precisamente a su lengua materna. Estas confusiones son normales al momento de hacer el traslado de las palabras del Runa Simi al español. Y además, si se encuentra en un contexto informal y personal (como es en este caso una libreta de apuntes) el rigor del español queda reducido a lo mínimo. No jodan pues, tampoco era un ensayo ni una carta formal como la de Karina Beteta que Beto Ortiz y Miyashiro destrozaron en su programa.

El tema de fondo radica en que el mensaje final que se pretende dar es que los quechuablantes son brutos y bestias porque no pueden hablar ni escribir bien el español y que por lo tanto no están calificados para acceder a un escaño en el Congreso.

Lamentablemente esta forma de pensar ha regido durante años la educación nacional que ha sido racista e hispanocéntrica. Y este ejemplo grafica esta realidad: cuando un niño de cualquiera de los pueblos más alejados de la sierra iba a la escuela, encontraba a un profesor de Lima que enseñaba en español, imagínese usted su primera lección que consiste en la pronunciación de las 5 vocales, entendiendo que el quechua solo tiene tres, de este modo el niño quechuahablante solo puede pronunciar bien la letra A. En ese momento el pequeño sufre su primer conflicto psicológico y social, porque el niño supondrá que por ser indio es bruto, a diferencia de los niños Misti (Como diría Arguedas) que sí pueden pronunciar bien las 5 vocales.

Y otra vez con este tema se vuelve al viejo dilema de si el quechua debe tener derecho a existir o no. A los defensores del ultraliberalismo como Aldo Mariátegui, Vargas Llosa, Jaime Bayly o Carlos Alberto Montaner les aterra pensar en las expresiones culturales opuestas al “occidente civilizado y de libre mercado”. Para ellos la existencias de estos grupos culturales es sinónimo de atraso y pobreza. Obviamente en esta lógica el quechua debe desaparecer con todo lo que ello representa.

Pero si seguimos la idea de enseñarles el español a quienes no lo hablan obligándolos a dejar su lengua materna sería una acción sumamente injusta, porque se tiene que entender que el idioma, cualquier idioma,  es la extensión vital del alma de un pueblo, de su forma de concebir el mundo, y claro, en el quechua hay palabras que son intraducibles al español pero que tienen su razón de ser y están ligados a una cultura y a sus necesidades de comunicación.

Y el Congreso, aunque últimamente suene a cliché, debe ser la representación del país. Y el país no solo son las Hildebrandt, los Pastor, las Cuculizzas y los Reggiardos, también son las Supa, las Sumire, las Arpasi, los Quispes y los Mamanis. El Perú es Sofía Mulanovic, Kina Malpartida y Claudia Llosa, pero también es Máximo San Román, Magaly Solier y Dina Paucar.

Esta es la verdadera riqueza del país: su diversidad. No son las recetas dogmáticas de izquierda o de derecha la que lograrán el progreso, sino el hecho de asumirnos, aceptarnos y entender nuestro mosaico cultural.

Y aunque Aldito quiera ponerle “la reja gramatical al congreso” cual Pituca de La Molina, sin entender que la corrección idiomática no es garantía de buena gestión ni de ética en el accionar, seguiremos siendo un país diverso con personas de diferentes culturas, lenguas y costumbres y con el mismo derecho a existir y a ser representados. Esto aunque le joda al poco ilustrado director de Correo, ese que demuestra diariamente que el apellido le queda bastante grande y que sin duda tiene la lengua asustada. Por eso a partir de ahora lo llamaremos como se debe: Aldo Mierdátegui.

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