Limpieza moral: El juicio y condena a Alberto Fujimori

Por: Anddy Landacay Hernández

Tenía 10 años de edad cuando lo vi por primera vez. Un enorme camión se había estacionado en la esquina de mi casa, mientras un sujeto gritaba a través de un megáfono invitando a todos a salir de sus casas. Él estaba en lo alto del camión con una camisa manga corta, pulcramente peinado, y mostrando siempre una sonrisa tímida pero simpática. La gente se agolpaba al rededor del camión, no tanto por darle la mano a aquel chinito lentudo y esmirriado, sino para recibir la bolsa de camotes que ofrecía junto con su almanaque. Sin saberlo, había asistido a la inauguración de una nueva forma de hacer política en el Perú: el estilo Alberto Fujimori.

El chinito lindo, el outsider parido por la campaña aprista y por el colapso al que nos llevó el primer gobierno de Alan García, tenía desde sus inicios la intención de ejercer el poder manipulando a la masa ignorante con el argumento más antiguo de la política: pan y circo. Fujimori hacia feliz a las clases populares en varios sentidos: En la economía: les llevaba papas y camotes. En las obras: colegios que no duraban, pistas que se rompían. En la religión: hacía llorar a las vírgenes. En la televisión: Sangre, Lauras y cómicos ambulantes.

Su más grande logro: la caída de sendero se inició con la caída de Abimael Guzmán. Hecho del cual el mismo Fujimori se enteró como todos nosotros: por la TV. Es decir mientras veíamos al genocida barbón hablando con Kevin Vidal vuestro glorioso presidente pescaba placidamente en la selva central, mientras que el tío Vladi descansaba en su casa de playa del sur de Lima.

Es más, como una venganza por el mérito del GEIN de Benedicto Jiménez y Marco Miyashiro, éste fue desarticulado e incluso se sancionó a sus miembros. El resto, como diría nuestro celebre Victor Angobaldo, es simple Historia del Perú la misma que ya recordé en el artículo titulado La Podredumbre Moral del Fujimorismo.

Claro está, que negar los méritos de Alberto Fujimori como presidente sería algo completamente mezquino. Es verdad que la economía a principio de los 90 era una reverenda mierda, que el gobierno de García aniquiló las reservas, que llevó la inflación a niveles de espanto y que la corrupción y los narcos gobernaban el país.

 

Nadie puede negar que esta realidad cambió progresivamente con el gobierno de Alberto Fujimori. Pero afirmarlo tampoco debe implicar sacralizarlo. La labor presidencial es una obligación que se debe asumir con la misma responsabilidad con que se asume un cargo gerencial. Finalmente el puesto presidencial es un trabajo, un trabajo que implica varios beneficios que están regulados por la ley. El presidente recibe un sueldo y al concluir su mandato recibe incluso una pensión por parte del Estado.

 

Es decir el trabajador tiene la obligación legal y ética de hacer correctamente el trabajo encomendado por el contratante. En este caso el pueblo peruano. La diferencia radica en que en este último caso quien otorga el cargo es el electorado.

 

Y es cierto, todos los gobiernos por más malos que parezcan en el balance final siempre han tenido por lo menos uno o dos aciertos. Incluso algunas dictaduras han tenido obras de importancia fundamental. Por ejemplo: durante el periodo de Odría se le dio el derecho al voto a la mujer y se construyeron las grandes unidades escolares. Pero este hecho no borra la ilegalidad, ni el repudio que los demócratas deben tener hacia los golpes de Estado.

El punto principal es que un buen gobierno merece un buen reconocimiento para el presidente en las obras concretas que éste realice. Pero nada más. Ni lo convierte en santo, ni lo hace exime de ser juzgado por hechos delictuosos que pudiera cometer.

Esta distorsión perversa ha sido y es el caballito de batalla de los fujimoristas. El mismo ex presidente ha dedicado sus últimos alegatos en el proceso que se le sigue por las matanzas de Barrios altos y la Cantuta ha hacer un recuento de sus principales aciertos y autoproclamarse el “salvador del país”. Casi casi un Moisés con koseki.

 

Convenientemente su defensa ha tratado de llevar el tema jurídico al tema político y mediático. Señalando que existe una “persecución política” en su contra. Nada más falso, mucho más cuando sabemos que el gobierno de García hizo poco o nada para sentar en el banquillo de los acusados a Fujimori y cuando las componendas entre el APRA y la bancada fujimorista son más que evidentes en el parlamento.

 

El problema sustancial en el tema del juicio a Fujimori es que se juega con la ignorancia y la falta de memoria que tenemos los peruanos. La misma que ha llevado a Alan García a estar hoy en Palacio de Gobierno y que ha puesto a Keiko en el primer lugar de las encuestas.

 

Lo que me da una mezcla de rabia y cierto temor es que cualquiera sea el fallo del martes 7 de abril el clan de Fujimori será beneficiado: si lo declaran inocente será un puñal en el corazón de los que aun creemos en la justicia y un triunfo para las aspiraciones del fujimorato al 2011. Si es declarado culpable: este será el caballito de Batalla que usará Keiko Fujimori en su campaña electoral, victimizando a su padre hasta la saciedad y prometiendo el indulto de llegar a Palacio.

 

Pero sin ánimo de parecer clarividente, me queda claro que Alberto Fujimori será declarado culpable. No se si lo condenen a 10, 15 o 30 años, o si salga libre en corto tiempo; pero lo cierto es que este hecho marcará un hito en el camino hacia la construcción de un país mejor. Un hecho que no nos hará ricos ni una potencia mundial, pero si nos dará un momento de limpieza moral y la esperanza de saber que la justicia aun es posible en el Perú. Y sobre todo nos quitará la vergüenza por la muerte de Javier Ríos Rojas, el niño de 8 años asesinado absurdamente en Barrios Altos. Una vida que pudo haber sido la de mi hija o el familiar de cualquiera que este leyendo esta nota. Ningún “costo de guerra” justifica una vida.

 

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