Magnolia Merino: la Revancha de los Ampayados

Por: Anddy Landacay Hernández

Admito que me emocioné con los comerciales que anunciaban la biografía mediatizada de Magaly Medina. La cancioncita característica de Betty la Fea y el paso ramplonesco de una improbable dama de cabello rojo parecían asegurar el éxito de ese alter ego interpretado por Evelyn Ortiz: Magnolia Merino.

Pasada la emoción del estreno y ya con las aguas calmadas recordé inmediatamente lo que me dijo alguna vez un amigo sobre las promociones cinematográficas: un gran tráiler o una promoción exacerbada es casi siempre el preludio a una pésima película. El caso de Magnolia Merino parece haber seguido esta lógica.

Su productora, Michelle Alexander,  que es una especie de “Don King” de las producciones televisivas en el Perú y especialista en hacer miniseries hasta de la preparación del machacado de membrillo, adelantó el estreno de la serie para aprovechar la coyuntura del encierro de Magaly Medina. En su lógica comercial supuso que al aprovechar el poder mediático de la imagen de la medina y el gran bache que ha dejado la Urraca a las 9 de la noche, el éxito estaba garantizado.

Las cifras frías del rating le han demostrado que su “tesis” estaba equivocada. El lunes de la semana pasada solo registró 10,6 puntos con una evidente tendencia a seguir cayendo. Y para ser justos, yo mismo, que me tomé tiempo para ver la serie las primeras dos semanas confieso que después de ese lapso empecé a sufrir de empacho televisivo.

“Ta’ bien culantro, pero no tanto” decían las abuelitas. Esta es la explicación más lógica que explica porque esta serie no ha calado en el “sentir popular” como si lo está haciendo la serie sobre la Muñequita Sally en el canal 4.

En primer lugar, y hay que decirlo con todas sus letras. La serie Magnolia Merino es un producto cuyo objetivo es destruir sin piedad ni miramientos la imagen de Magaly Medina. Mientras en “Sally, la Muñequita del Pueblo” se busca ensalzar al personaje, mostrándola como una mujer pujante y emprendedora, en Magnolia la misión del guión es convencer a la opinión pública de una sola cosa: Magaly es una perra maldita.

Y es curioso que el canal 2 haya optado por darle por primera vez un enfoque destructivo a una de sus series, sobre todo cuando éste nunca ha sido el motivo de las mismas. Hagamos memoria: desde Dina Paúcar, pasando por Chacalón, Augusto Ferrando, los jotitas, Néctar en el Cielo, etc. Etc. Ninguna buscaba destruir al personaje caricaturizado; es cierto, mostraban sus errores humanos, para molestia de los familiares, pero siempre se evidenciaba un equilibrio entre sus virtudes y defectos.

Sinceramente esperaba un retrato de Magaly en esta línea, pero después de varias semanas de emisión, es clarísima la parcialización de esta producción. Me sorprende en realidad que hasta una serie como Misterio, basada en la vida de un comprobado pandillero y drogadicto haya tenido un trato más equitativo, reflejando incluso, a pesar de no ser un ejemplo a seguir, ni menos un referente ético, un lado humano.

Lo que más pena me ha dado de la serie es que el guionista de la misma es Eduardo Adrianzen, escritor por quien siempre he tenido la más grande admiración por su talento creativo y su lucidez a la hora de analizar el panorama televisivo.

Lo escuche decir en una entrevista en CPN que estaba muy contento de que el programa de Magaly no esté en el aire. “Por mí es muy bueno que no esté, que no exista y ojalá  y que no volviera a la televisión”, señaló sentencioso. Y es evidente que este deseo visceral contra Magaly lo ha volcado al guión de la serie. Es así que se ha puesto el traje de verdugo y usando su pluma como hacha se ha propuesto guillotinar a Magaly en esta caricatura.

Esa es la madre del cordero. Al perder la objetividad en el proceso creativo, ya no se piensa en el público al que está dirigido, sino en los deseos propios; y en el juego lucrativo de la televisión sí se piensa en dar lo que “uno quiere” generalmente termina con el rating de espaldas. Claro, esto no tendría importancia si estuviéramos hablando de la “Función de la Palabra” de M. A. Denegri, pero aquí se trata de los dólares de Baruch y compañía.

Otro factor importante que Michelle Alexander y Adrianzen no previeron, sorprendentemente, y que ahora les esta jugando en contra es la bendita costumbre peruana de solidarizarse con los caídos. Y esto lo saben muy bien los políticos: un golpe esta bien, dos pasan piola, pero cuando todos sin excepción, se le van encima a alguien durante mucho tiempo, (por lo menos Burga tiene a Fleschman) esto genera una reacción de solidaridad a veces incomprensible.

Eso es lo que esta pasando con Magaly, la percepción general, al margen del sustento jurídico del fallo, es que la sentencia es injusta. Y Alan García, quien es el más grande oportunista de las coyunturas, ha aprovechado esta realidad para pedir que se revise la pena de la Medina. En ese contexto Magnolia Merino empieza a ser percibida por el público como un acto de ensañamiento.

Un último factor, pero no por ello menos importante, es el de quienes son los obreros de esta serie. Que Lucho Cáceres y Evelyn Ortiz sean los protagonistas de esta representación es un síntoma que no favorece a la serie. No porque sean malos actores, sino porque estos dos señores están dentro de la larga lista de “ampayados” por la Urraca. Eso es como poner a Lex Luthor a representar a Superman o al Guasón a Batman.

Magaly Merino no es ninguna santa. Y si esta en estos problemas es porque durante toda su trayectoria televisiva ha caminado al filo de la ley. Pero así como la ley del Talión ya no funciona en el mundo, ni se derrota la violencia destilando más violencia, no se va a enterrar la imagen de Magaly Medina tildándola de puta, drogadicta y resentida. Y si se sigue en esta lógica, Magnolia Merino seguirá viéndose ante el público como “la Revancha de los Ampayados”.

 

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