Testigos de Jehová: Los Talibanes del cristianismo

Por: Anddy Landacay Hernàndez

 Hace poco leí una noticia curiosa: En Trujillo, Sebastiana Cusco Mostasero de 23 años necesitaba una transfusión de sangre para no morir por un severo caso de traumatismo hepático y anemia severa. A pesar de ello, sus familiares, por motivos religiosos rechazaron de plano el tratamiento. Esto me llevó a la siguiente conclusión: si en el medio oriente los talibanes son la expresión más retrógrada del Islam, en el cristianismo occidental la estupidez hecha dogma tiene un nombre conocido: Testigos de Jehová.

Las religiones nacieron en la cabecita del hombre para explicar mediante respuestas fantásticas las interrogantes sobre los distintos misterios del universo, origen de la vida, sentido de la existencia, incertidumbre del más allá, origen del bien y del mal, etc.

Su función principal ha sido y es (además de ser un gran generador de dinero) hacer las veces de un gran paliativo. Así puede cubrir aquel “vacío” y mengua la angustia provocada ante lo desconocido. En un principio la religión sirvió para explicar los fenómenos de la naturaleza que el aún escaso conocimiento científico no alcanzaba a responder.

Con el progreso de los descubrimientos científicos la religión se abocó más a explicar las interrogantes sobre la existencia humana y a la corrección moral, es decir a regir su conducta y poner los límites entre el bien y el mal. Esto a grandes rasgos, es el esquema que siguen la mayoría de religiones, sobre todo las de tronco semita como el cristianismo, el judaísmo y el Islam.

Los testigos de Jehová nacieron por la febril ocurrencia de Charles Russell en 1879. Primero llamó a su grupo la “Sociedad de la Atalaya” y posteriormente ha recibido nombres como “Los Investigadores de la Biblia” hasta llegar a denominarse en 1931 los Testigos de Jehová.

Este grupo es en realidad una galería de hechos que fácilmente podría llamarse “Historia de la estupidez humana”. Predijeron el fin del mundo para 1914, 1925 y 1974 y aun hasta ahora siguen anunciando “el fin de los tiempos” pero ya no indican fechas para no hacer roche.

En su anuncio apocalíptico de 1925 fueron más allá todavía y señalaron que “resucitarían” los “grandes príncipes” como Abraham, Isaac, Jacob, Moisés, David, Samuel y claro, los “Cangris bíblicos” necesitaban una mansión propia de su jerarquía. Por eso, con platita de los fieles testigos claro está, se construyó Beth-Sarim, un palacio en San Diego-California que más que un recinto para acoger a los hijos de Israel parecía una casa propia de Hugh Hefner y las conejitas de Play Boy.

Lógicamente la anunciada resurrección nunca ocurrió y el fin del mundo tampoco, y la casita de verano de Beth-Sarim pasó a ser ocupada por el hermano Rutherford, quien la cuidaría desinteresadamente hasta que vinieran los “verdaderos dueños”(¿?).

Las pastruladas de los Testigos no tienen límites. Si ahora nos sorprende su negativa a las transfusiones sanguíneas, deberían saber que las vacunas también estaban prohibidas hasta 1952, año en que seguro Jehová cambió de opinión igual que en relación del origen “santo” de las pirámides de Egipto.

La justificación a la negativa de las transfusiones se basa según ellos en las prohibiciones del Éxodo y de esa colección de origen cavernícola llamada Levítico. Y aunque los Testigos confunden “comer” con “transfundir” sangre, diferencia que cualquiera que ha pasado por el colegio podría distinguir, es necesario decir que aunque la Biblia dijera que “Jehová” prohíbe las transfusiones, es claro que nunca la vida debe estar regida por creencias ni supersticiones.

Creo que el daño más grande de los Testigos de Jehová hacia la vida humana es su ataque constante a la libertad y su afán de convertir a sus seguidores en autómatas sin racionalidad. Se les prohíbe disfrutar la vida y se les impide relacionarse con el mundo entero.

Por este motivo instan a sus fieles a “no meterse en política”, a votar viciado en las elecciones, a no cantar el Himno Nacional, no saludar a la Bandera, a no involucrarse con personas de otra religión, a no celebrar fiestas, cumpleaños ni navidades, en otras palabras a separarse de la sociedad en la que viven puesto que solo pueden encontrar la verdad al interior de la Wachtower Society.

Entonces hay que despreciar esta vida, hay que dejar morir a nuestros hijos, padres y hermanos en nombre de Jehová, total, cuando venga el Armagedon ya no habrá dolor, ni hambre, y los hombres jugarán con los tigres como en las fotos de “La Atalaya” y “Despertad”Mientras tanto, que importa si muere Sebastiana Cusco porque las albúminas no son suficientes para su recuperación, total lo realmente importante es ser uno de los 144 mil ungidos que irán con Jehová, aunque viendo la cantidad de vacantes que ofrecen, ir al cielo esta más jodido que ingresar a San Marcos. 

 

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