Y el cadáver… Ay, siguió viviendo…

Por: Anddy Landacay Hernández

El hombre moderno piensa en los rituales y mitos como formas caracteristicas  de las civilizaciones primitivas, producidas por su incapacidad de explicarse los fenómenos del mundo; sin embargo esta es la gran paradoja de nuestro tiempo: los mitos no han desaparecido, simplemente han sido reemplazados por nuevas y sutiles creencias. Enumerar los nuevos mitos es una tarea titánica y requeriría de un estudio amplísimo, por tal motivo en esta ocasión sólo me ocuparé de uno de los más singulares y atractivos temas que une (irónicamente) al hombre de ayer y al hombre de hoy.

El culto a los muertos es tan antiguo como el hombre mismo. La idea de la continuación de la vida después de la muerte ha fascinado al hombre y en ocasiones ha llegado a límites descabellados como en el caso de la reina Shub-ab de Sumeria.

Cuentan los textos que muerta la reina, fue vestida por sus sirvientes con joyas hasta la cintura y recogida su peluca con una cinta de oro. Luego fue bajada hasta su cámara mortuoria y depositada con reverencia en un féretro de madera, con el rostro hacia arriba. También colocaron cuidadosamente sus pertenencias alrededor de su cuerpo y después bajaron por la pendiente: soldados, oficiales, cortesanos, siervos, músicos y camareras.

 

 Finalmente cada uno de los presentes llenó sus copas con el líquido de una gran vasija de cobre que se encontraba en el centro de la cámara. Todos bebían con suma tranquilidad mientras en el fondo los músicos tocaban sus instrumentos. Transcurridos unos minutos quedaron inconscientes, pues la bebida estaba narcotizada. Cuando el silencio llenó la cámara, los sepultureros reales enterraron a todos los asistentes. Esto sucedió hace cinco mil años.

 

Ejemplos como el de la reina Shub-ab se reprodujeron tanto en oriente como en occidente. Sacrificios, suicidios masivos, momificaciones, etc. La historia de la humanidad es el signo más claro del culto a la muerte. Pero, como manifestaba anteriormente, el hombre de hoy considera que se ha librado de este mito y que ahora solo esta “guiado por la luz del conocimiento y la razón”. Craso error del autodenominado “rey de la creación”. Su vocación por momificar el cadáver y tratarlo como si estuviera vivo es en pleno siglo XXI, una realidad innegable.

 

La muerte ha llegado inevitablemente, pero la costumbre ha podido  más que nuestro cacareada racionalidad. Es nuestro inconsciente caprichoso el que nos obliga a prolongar lo que ya ha caducado. La explicación es simple. Ponemos nuestras expectativas y esperanzas en el “cuerpo vivo”, le adoramos, le cantamos,  le reverenciamos para obtener ese “algo” que nos nutre, que nos hace vivir. El solo hecho de pensar que puede acabarse algún día nos espanta, nos llena de pavor. Es el temor a la finitud, el miedo de ver nuestra propia muerte en la muerte del otro.

 

Cuando el “cuerpo vivo” esta ahí, nos sentimos seguros, protegidos y con todo el derecho a exigirle que lo haga eternamente. De esta forma, terminamos insertándonos en la existencia del otro, sin entender que así le robamos un pedazo de su vida y perdemos una parte de la nuestra. Esta es la verdadera razón del deterioro: nos aferramos tanto al “cuerpo vivo” que terminamos por erosionarlo lentamente sin darnos cuenta que nosotros mismos lo conducimos a la muerte .

Y cuando muere, al vernos incapaces de soportar el duelo, lo momificamos para conservarlo por lo menos físicamente y crearnos la ilusión de que aún está vivo. Entonces  damos un espectáculo lamentable: lo sentamos en una silla, lo vestimos, tomamos desayuno junto con él y hasta le comentamos las cosas cotidianas.

Pero lo más triste de todo es que ahora ya ni siquiera queremos enterrar al cadáver. Nos negamos rotundamente a alejarlo de nuestra vista, porque eso significaría la comprobación fatal de su partida. De esta manera, para que nos resulte más fácil negar lo evidente, nos quedamos con su cuerpo y practicamos frente al espejo nuestra mejor sonrisa.

No obstante, queda un camino. Recobrar la lucidez, detenernos un instante y decidir entre quedarnos entre las cuatro paredes de la habitación, atrapados, conviviendo con la hediondez y la putrefacción del cuerpo sin vida, expuestos a la enfermedad ya nuestra propia destrucción, o, tener el valor de mandar al cuerno aquel monigote impronunciable y hundirlo para siempre en la fosa del olvido, junto con los recuerdos, los mitos y aquellas promesas que jamás se cumplieron y que obviamente un cadáver jamás cumplirá

 

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