El Muñeco de Año Nuevo

Por: Anddy Landacay Hernández

Aquella mañana de 1996 nos levantamos decididos a quemar, literalmente, el pasado. Kike, el Chato, y yo habíamos hecho huevada y media durante el colegio, así que como era de esperase: la despedida, el adiós, el cierre de ésta etapa tenía que ser memorable. Y la mejor manera de representar el hasta aquí nomás, con prohibición o sin prohibición, era sin duda alguna el muñeco de año nuevo. 

Éramos unos chibolos de 16 y 17 años con el acoso del acné y la paja como bandera. Pero eso no importaba, ya habíamos pasado 11 años torturados por el uniforme escolar color rata y de alguna manera teníamos que mostrar nuestro rechazo a ese intento cojudo de homogeneizarnos hasta la despersonalización. Esta era nuestra lucha solitaria como cuando tratábamos de exigir una educación mejor en un colegio mediocre con docentes de profesión dudosa.  

Durante 5 años hicimos le guerra en la secundaria. Kike fue el más rebelde de todos, se negaba a usar el uniforme y siempre encontraba la forma de pasar de año a pesar de que los profesores lo odiaban. El Chato y yo éramos más caletas. Yo era el alumno ejemplar y precisamente ese era el mejor disfraz para hacer fechorías sin que nadie me descubriera. Cría fama y acuéstate en la cama dicen. El chato era el escudero, una especie de Robin sin capa ni antifaz, pero con el corazón del Chapulín Colorado.

Este era nuestro equipo invencible en 1996. Y aquella mañana salimos decididos a quemar la época escolar.

El primer escollo que tuvimos que superar era la falta de materia prima. Sabíamos que el muñeco iba a vestir mi pantalón de colegio, la camisa de Kike y la Chompa que le había vendido al chato por 10 lucas en quinto de secundaria. Pero no teníamos ni puta idea de cómo lo íbamos a rellenar. En aquellas épocas de crisis el concepto de “ropa vieja” era un poco cachoso.

¿Y ahora qué hacemos? Preguntó Kike. El Chato y yo nos miramos haciendo un gesto de contrariedad. De pronto, desviamos las miradas hacia el trapeador que estaba junto a la puerta y al unísono exclamamos: ¡Eso puede servir!

“Claro pe, además como ya está con kerosene se quema mejor”, Señaló Kike. Pero éste solo alcanza para un brazo  ¿y como hacemos con el resto? Preguntó el Chato. Ta mare. Tenía razón mi pata. La hora nos ganaba y no habíamos conseguido ni en el 30% del relleno del muñeco.

Salimos de la casa del chato masticando algunas ideas. Fuimos a la casa de varios amigos para pedir colaboración pero la peregrinación fue infructuosa. Y en el camino, el pendejo de Kike inspirado por el espíritu del año nuevo se le ocurrió la brillante idea de chorearse los trapeadores y tapetes que las familias dejan en las puertas de sus casas para que la gente se limpie los pies.

 Éramos una especie de papanoeles que iban de casa en casa pero no para dejar regalos sino para chorear relleno de muñeco.

Llegada la tarde y de regreso en la casa del Chato habíamos recolectado tanto trapo sucio que podíamos haber rellenado un teletubbie empachado. Desde aquellos años Kike ya demostraba sus dotes contables…jajaja…

Una vez completos los materiales empezamos a introducir los tapetes. Primero las piernas, luego el torso y finalmente los brazos. Era la primera vez que agarraba una aguja y un hilo, pero que chucha, al final unimos las partes hasta que el muñeco quedara tan remendado como un personaje del extraño mundo de Jack.

Unas medias pantys sirvieron para hacer la cabeza. Unos guantes nos sirvieron para las manos y unas medias para los pies. Los detalles infaltables también estuvieron presentes: la mochila de colegio (con cuadernos), el cordón de brigadier que había usado por 5 años, la insignia, y hasta una botella que simbolizaba los años cheleros y aniseros.

En ese momento llegaron de visita Calìn y Christian. Un par más de relajados del barrio que venían a ver nuestra obra maestra. Calìn fue el que miró al muñeco con más detenimiento y después de darse una vuelta por la mesa donde estaba echado, se tomó la barbilla y rompiendo el silencio exclamó: “¡A este muñeco le falta una pichula!”

Luego de ese gran descubrimiento, nos dimos cuenta del gran talento de nuestro amigo para la costura, que con una dedicación, extraña para nosotros, se sentó en una silla y con aguja en mano tomo un poco de relleno y con un par de medias negras hizo dos bolas y un pene del tamaño de una vara de policía.

El muñeco estaba completo aunque lo que no pudimos conseguir fueron zapatos, así que le pusimos unas zapatillas viejas casi sin suela que Christian nos donó aquella tarde. No obstante, cuando Calìn las vio prácticamente asaltó al muñeco y dijo: “ta´ weon, si estas tabas están para un par de usadas más, además quedan perfectas con mis medias de la “U””.

Ese fue el motivo por el cual nuestro muñeco lució descalzo aquella víspera de año nuevo de 1996.

Como en ese tiempo éramos buenos cristianos, no se nos ocurrió mejor idea que crucificar al muñeco y en ponerle un cartelito sobre la cabeza con el nombre del director del colegio. Luego por pura joda lo sacamos en procesión por la calle originando las risotadas de los vecinos que conocían el nombre mostrado en el letrero.

Llegado casi las 11 de la noche estábamos es una disyuntiva: ¿Dónde quemar al mostrenco? Hubieron varias opciones pero al final llegamos a una sola consigna: ¡a la mierda, hay que quemarlo en el colegio!

En la esquina del cole había un hueco en la vereda donde se colocaba el asta de la bandera en la formación de los lunes. Y ahí mismo fue donde clavamos la cruz donde nuestro monigote iba a arder mismo Juana de Arco.

Al frente de nosotros estaba la tienda de un vecino conocido como el químico, le decían así por los tragos de colores que vendía para eventos especiales.

De pronto, el tío químico cruzó la pista y se nos acercó, lo cual nos hizo pensar que nos iba a llamar la atención por tamaño descaro. Para nuestra sorpresa, rápidamente esbozó una sonrisa en los labios y regalándonos una galonera de kerosene y una bolsa con cohetones marca ACME expresó sin rubor: ¡Quémenlo a ese conchasumadre!  

Faltando 5 minutos para las 12. Kike, el Chato y yo le prendimos fuego al muñeco. Lo bañamos en kerosene para que ardiera más. Lo que no habíamos reparado era que en la parte alta de la cruz había colgada una banderola que decía “Matrícula abierta” y que peligrosamente el fuego iba creciendo y creciendo hasta acariciar la base de ese anuncio.

Al ver eso Kike gritó: ¡Carajo se quema el cole! En ese momento atinamos a hacer lo más lógico ante tamaña circunstancia: Nos dimos una palmada en el hombro y exclamando al vuelo: ¡Feliz año!, ¡Feliz año! cada uno la picó a su casa en one.

 www.landacayhabla.tk

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3 thoughts on “El Muñeco de Año Nuevo

  1. Que maravilloso recuerdo estimado Anddy, definitivamente tenemos el reto de seguir por los mismos caminos de mejorar la educación y la calidad humana en este mundo, vamos amigo retomemos fuerza sobre el cumplimiento de nuestro deber ciudadano jajaja.

  2. Me parece una gran historia y muy intreresante y algo q resalto es la gran perceverancia de mi amigo Kike, q m consta …jijiji

  3. que buena historia… sobre todo la foto con el muñeco, recuerdo que solo llegué a conocer a kike y al chato, parece que la forma de pensar ya la tenían desde chiquitos… no me puedo imaginar si Willy hubiera estado en ese tiempo…

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