I LOVE SAN JUAN DE LURIGANCHO

Por: Anddy Landacay H.

mapa-sjlDicen que uno es el suelo que pisa. Si eso es verdad, San Juan de Lurigancho es parte de mí y en cierta forma, yo parte de él.  Ya no recuerdo el año en que visité por primera vez éste distrito, lo que recuerdo claramente es el dolor de culo por la enorme distancia entre Jesús María y mi futuro hogar. “¿A qué hora llegamos?” Le preguntaba constantemente a mi viejo y él me respondía amablemente: “Ya falta poco hijito”. Eran los ochentas, no había combis, ni tren y llegar hasta los confines de San Juan de Lurigancho implicaba toda una odisea que requería paciencia.

Una vez allí, recuerdo un núcleo vacío y los postes a lo lejos que adornaban un paisaje desolado. Ese espacio vacío donde mi voz hacía eco iba a ser el lugar donde crecería y aprendería con el tiempo las mejores lecciones de vida.

Meses después nos mudamos. Recuerdo que el primer día tuve que ir de frente al colegio, casi todos los  “CEGNES” (*1) de la zona tenían algún nombre religioso así que el mío no podía ser la excepción.  Hoy ese colegio ya no existe y en su lugar hay una buena cochera con las fotos del poto de Tilsa Lozano en la entrada. Bueno, por lo menos ahora tiene un mejor marketing.

Cuando llegué era un niño. Y no entendía cuál era la diferencia entre vivir en Jesús María y en las zonas incipientes de San Juan de Lurigancho. No señores, no era Zárate, ni Las Flores, ni vivía en “la entradita nomas”  me fui a vivir en éste distrito pero bien al fondo y sin escalas.

Una de las curiosidades que no entendía era porque muchas amigas de mi vieja le decían: “ah, te has ido a vivir a Canto Grande”, entendiendo que Canto Grande es sólo una urbanización más dentro del distrito y no todo.

Con el tiempo me enteré que antiguamente  el distrito estaba urbanizado sólo hasta la zona de Canto Grande con algunos otros lugares como Zárate, Mangomarca o Las Flores, creados en los años 60, más adentrito, era el limbo donde se ubicaban solitariamente los centros penitenciarios más poblados de Lima y algunas invasiones. Por esta razón, mucha gente hasta el día de hoy sigue llamando Canto Grande a todo el distrito como si fueran lo mismo.

Hay otra razón más psicológica que histórica detrás de éste uso. Muchas personas se siguen avergonzado de decir que viven en éste distrito. Por eso prefieren decir eufemísticamente que viven “en Zárate” o “Por Puente Nuevo” o “por ahí en Lima Este”.

San Juan de Lurigancho es un nombre fuerte gracias a su historia reciente. Nombre estigmatizado por varias razones.  En los ochentas fue considerado zona roja, llena de senderistas y emerretistas, además de albergar al penal que a pesar de tener otro nombre, no ha podido quitarse el mote de “Penal de Lurigancho”.

Por asociación durante muchos años ésta zona de Lima fue sinónimo de violencia, delincuencia y pobreza.

Recuerdo mucho cuando estudiaba en la academia y tomaba mi carro en la Av. Tacna, eran esos años en que el único “Corredor azul” era el choro que se paraba en el cruce con el Jr. Huancavelica esperando para robarnos y nuestro Google era la vieja Biblioteca que se caía a pedazos.

En esa época me daba curiosidad un amigo que vivía en el distrito y cada vez que salíamos de clases se iba corriendo y caminaba lejos del paradero. Un día le pregunté porque no lo tomaba en frente si era más sencillo. Este me respondió: “Tas huevón, no quiero que vean que tomo los carros para la Wiesse”. (*2)

De esos casos aprecié varios. Algún tiempo después, en mi periplo por la Pre-San Marcos un amigo me dijo que vivía en Pueblo Libre, luego me dijo Los Olivos, luego en San Miguel, hasta que un día me lo crucé en Abancay regresando para San Juancito. Piña cuñado, te descubrí. Ahora es abogado.

Es cierto. En éste distrito he pasado momento muy duros. Ensuciarse los zapatos era solo una anécdota. Vivir más de un año sin energía eléctrica… ¡eso si era algo que volvería loco a cualquier adolescente de hoy!

En esas épocas aprendimos a querer a la luna. No por un jodido romanticismo de Crepúsculo, sino porque cuando se dignaba estar llena podíamos salir a la calle (de noche) y vernos las caras y si la gentita se animaba hasta podíamos jugar tumbalatas.

Todas las cenas eran con vela. Aunque con algo más de presupuesto podías tener un lamparín que alumbraba más, con la salvedad de que tú techo quedaría más negro que los zapatos de colegio.

Aprendimos a valorar las conversaciones en la mesa. Creo que de ahí viene mi vocación por conversar. Sin nada más que hacer, sólo nos quedaba dialogar con los adultos de todo lo que se pudiese. Mi viejo se esforzaba por contar algo interesante sobre la economía del país. Mi madre informaba que se acababa el kerosene, el azúcar  y la Leche Anchor y a mí me tocaba decirle que me ayude a planchar la camisa del uniforme.

Tengo que reconocer el enorme arte de mi madre para poner la plancha sobre la hornilla de la cocina y así lograr el acabado perfecto.

Mi recuerdo de esas noches también son las latas de leche Gloria llenos de kerosene con los mecheritos de trapo que servían como lámparas en la calle alumbrando alguito la cuadra.  La creatividad no tiene precio.

Muchos años después. Un alcalde (que ahora está en prisión) tuvo la brillante idea de querer cambiarle el nombre al distrito. De hecho, lo cambió un tiempo, pintando alegremente por todos lados “Nuevo San Juan”. Su argumento era que el término Lurigancho afectaba la moral de los vecinos y que era mejor cambiarlo para darle un nuevo empuje al distrito.

Esta cojudez del tamaño de una Catedral denotaba ignorancia, porque como bien han difundido  arqueólogos como mi buen amigo Julio Abanto, el término Lurigancho encierra toda una riqueza histórica que se deriva de la cultura RURICANCHO que se asentó en esta zona en el siglo XVI.

Una cultura que ha dejado en herencia importantes restos arqueológicos y geoglifos y petroglifos mucho más antiguos que los de Nazca.  Y si a esto se le suma la riqueza sumada por los españoles que dieron como patrono de esta zona a San Juan Bautista entendemos entonces que San Juan de Lurigancho encierra en su nombre la mixtura entre lo hispánico y lo precolombino.

De los ochentas a la actualidad San Juan de Lurigancho  ha cambiado un montón. Con el tren eléctrico se ha abierto una nueva etapa en el distrito. Hace unos días me fui con mi hija hasta San Juan de Miraflores en solo 40 minutos. Y muchos amigos vienen de otros distritos de la misma forma.

 A estos hay que sumarle la apertura de centros comerciales, accesos nuevos, nuevas pistas, y un largo etcétera que  le ha dado una mejor cara al distrito.

Pero lo cierto es que ni ayer, ni hoy me he avergonzado de decir de dónde vengo. Ni he utilizado eufemismos cojudos para atenuar la realidad. Me gusta mi distrito. Con el respeto que le tengo a distritos de amigos míos como Surco, La Molina o Miraflores.

Dudo mucho que allí  pueda  conseguir mi buen y abundante ceviche a 5 soles con chilcano. O el chifa de los lunes luego del programa, sino que lo diga mi buen amigo Iván que aprovecha para llevarle a sus hijas hasta San Isidro.  Los gimnasios de 2 soles, las peluquerías variopintas, el tío cachina,  las pichangas en la cancha de tierra con albañiles  y moto-taxistas, en suma el espíritu de barrio.

Podría hacer una lista de cosas más que no encontraría en otra parte.  Me gusta conocer otros lugares, pero no importa cuántas cosas lujosas pueda ver en otros lados, siempre seré un turista fuera del distrito.  Por eso, por la tierrita en los zapatos oscuros,  y por darme el tiempo para leer en los largos caminos hacia la universidad o el trabajo.  I Love San Juan de Lurigancho.

(*1) CEGNE: CENTRO EDUCATIVO DE GESTIÓN NO ESTATAL (HOY CEP)

(*2) Av. Wiesse. Una de las avenidas principales del distrito que la divide en dos.

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