La importancia de la soledad

Por: Anddy Landacay H.

SoledadSi lo pensamos bien siempre estamos solos (o al menos lo intentamos). Muchos pensadores han reparado en este hecho, sobre todo Emil Ciorán que hacía hincapié en el hecho de nuestro aislamiento interno. No importa cuanto esfuerzo hagamos, ni cuanto amemos  a los demás, es un hecho que no podemos llorar, sufrir, ni reír, ni morir por otros. En algún momento de nuestra infancia tomamos conciencia del mundo que nos rodea y nos empezamos a hacer preguntas jodidamente inquietantes: ¿De dónde venimos? ¿Por qué estamos acá? ¿Por qué vivimos? ¿Por qué vamos a morir?

Son preguntas complicadas que inquietan constantemente pero que con el tiempo van encontrando respuestas de fuentes muy variadas. Las primeras respuestas que uno recibe, sobre todo si se nace en un país de fuerte raigambre cristiana como el nuestro, son las explicaciones religiosas.

Éstas son respuestas cerradas que no dan pie a mayor especulación. Y por eso precisamente es que la mayoría de las grandes religiones tienen éxito. Dan tranquilidad, seguridad, paz, confianza. Hecho que no ocurre con la ciencia o la filosofía que siempre está dispuesta a reabrir los debates con cada nuevo descubrimiento o planteamiento teórico.

Las mayoría de personas no quieren especulación quieren certezas. Los por qué son incomodos, tensos, y muchas veces nos dejan en el aire como ante la inocente pregunta de un niño de 4 años que quiere saber a qué sabe el rojo o el azul o hasta donde se puede seguir dividiendo un átomo.

La reflexión o el pensamiento profundo, introspectivo, requieren un espacio para realizarse. Requieren una especie de retiro del mundo exterior para lograrse.

En la actualidad vivimos en una sociedad destinada a exaltar el ruido, los colores, la muchedumbre, los espectáculos masivos, los megaconciertos. Ortega y Gasset ya denunciaba en sus tiempos cómo la calle, la urbe, iba ganando terreno sin dejar espacios para que el hombre pueda caminar y reflexionar solo.

Y si eso pasaba antes, imaginen un mundo como el nuestro donde prácticamente nadie puede estar “desconectado”.  Vivimos un tiempo donde el teléfono celular es una extensión de nuestro cuerpo, donde las TV cada día son más grandes y en el que tener ULTRA HD es sinónimo de status.  Poblamos una tierra en el que uno ya no mira a los ojos al que está al frente sino a una pantalla interactiva.

En este contexto la soledad es el gran demonio del siglo XXI en varios aspectos. Por ejemplo, quien llega a cierta edad y ha decidido no tener pareja ni hijos es visto aún bajo sospecha o en el mejor de los casos con gran conmiseración.

Los Jueves de Patas o los Días del Amigo son fiestas creadas precisamente para exaltar el grupo, entre chelas, embriaguez y juerga; ni que decir de los realitys donde necesariamente hay que formar parte de Leones o Cobras, para poder tener alguna identidad. Es decir uno importa en razón del grupo. Igual que las barras en el fútbol.

No importa hacia donde mires. No se exalta la soledad, ni se le permite. Incluso en la soledad de tu cuarto, estás preso de las redes virtuales, de la TV, del internet, de los juegos online. No hay forma de escaparse, la soledad debe ser evitada cueste lo que cueste. Únete o desaparece.

Sospecho que éste llenarse de estímulos exteriores: juerga, drogas, pareja, tv, hijos, internet, etc. es una buena coartada para evitar pensar en nosotros mismos, para reflexionar sobre nuestra propia existencia, para quedarnos a solas con nuestra conciencia.

Nos aterra saber qué podamos encontrar en nosotros, nos aterra descubrir que no tenemos absolutamente nada,  que estamos vacíos, que nuestro contenido es nulo.  Muchas personas no desean quedarse a solas con sus pensamientos porque se volverían locos al ver lo pobres que son, al darse cuenta de la realidad inherente.

Esto se hace más evidentemente en los casos de dependencia emocional donde muchos llenan sus miserias y carencias internas con el hecho de tener pareja una y otra vez, donde lo que importa es estar con alguien, con quien sea, no importa a qué precio o a pesar del desgaste emocional. Muchos matrimonios se sostienen gracias a este miedo a vivir sin pareja.

A pesar de todo, a pesar de las dificultades, la soledad es fundamental, mucho más en un tiempo donde la estupidez es reina soberana como bien ha recalcado el polígrafo Marco Aurelio Denegri. Y sin la soledad, no hay pensamiento profundo, no hay posibilidad de introspección, ni posibilidad de encontrarse.

Debemos volver a nosotros mismos, como cantaba el recordado Facundo Cabral: “No le tengas miedo a la soledad que solo por ella te conocerás.”

 

 

 

 

 

 

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