Si estás mal… ¿Por qué no te divorcias?

Por: Anddy Landacay H.

divTerminar un matrimonio no es una decisión fácil y si tienes hijos de por medio es doblemente complicado. La pregunta clave es: ¿Por qué?  No hay una sola respuesta para ésta interrogante.  Hace muchos años escribí un artículo al que titulé ESE TITANIC LLAMADO MATRIMONIO, en el cual explicaba las complicaciones que afrontaba en la actualidad la institución matrimonial y los problemas derivados de esa realidad. Y entendiendo ese principio, nos resultará más fácil comprender por qué la separación o divorcio se hace tan problemático para la mayoría.

El matrimonio es un proyecto en el que se ponen muchas expectativas, muchos deseos y múltiples anhelos que están entroncados con muchos paradigmas y presiones sociales.

Y al igual, como cuando se hace una empresa, nadie lo hace pensando en el fracaso o la pérdida. Siempre se apuesta a ganar. Esto es algo completamente normal, asistimos al altar o al Juez de Paz, con la mejor de las intenciones, queremos que todo sea color de rosa y nuestra familia sea duradera y perpetua.

En éste trance matrimonial le vamos sumando una serie de mitos y sesgos que serán más o menos fuertes según nuestras convicciones personales, ideológicas y/o religiosas.

Y el primer gran mito sobre el matrimonio es pensar que el amor lo soporta todo. Es decir, muchos no entienden  que el matrimonio es como una gran mesa con múltiples patas; una de las cuales es el amor, pero también hay muchos otros como la economía, el sexo, el status, los intereses en común, los hijos, la capacidad de comunicación, y un largo etcétera que irá sumando (o disminuyendo) dependiendo de la pareja.

Lógicamente mientras menos patas tenga la mesa, más probabilidades hay de que ésta caiga, y lo cierto es que muchas de esas patas se van carcomiendo con el tiempo, o lo que es peor, algunas sólo fueron provisionales o ficticias.

Otro mito es el famoso para toda la vida.  Siguiendo el ejemplo de la mesa, tenemos que analizar qué es lo que soporta en la actualidad nuestra relación.  Hay una, dos, tres o simplemente ya se cayó hace rato y no lo queremos asumir.

Los seres humanos no somos los mismos siempre. Cambiamos, evolucionamos, reformulamos nuestras ideas con el tiempo. Es difícil y temerario en la actualidad hablar de para toda la vida. Creo que lo más sensato es distinguir nuestros deseos de nuestras posibilidades. En el matrimonio no siempre querer es poder. Un cable a tierra siempre es necesario.

Ahora sobre estos mitos, se elaboran una serie de pretextos para no tomar la decisión de separarse.

Dentro de ellos, tal vez el más arraigado es el que toma los hijos como pretexto. No me separo porque no quiero que sufran mis hijos.

¡Cuántas veces he leído y escuchado éstas palabras!

Entiendo el deseo de que los hijos no sufran. Todos los que somos padres tenemos el anhelo de que nuestros hijos se alejen lo más que puedan del dolor físico o mental. Pero sabemos que es imposible evitarlo. No podemos poner en una urna a nuestros pequeños y evitar que el mundo los dañe tarde o temprano.

Entonces  la pregunta clave que debes hacerte es ¿qué le producirá el menor dolor? ¿Representar el papel de una familia feliz?  ¿Seguir con alguien con quien ya no siento amor ni tengo un proyecto en común? ¿Vivir en una tensión constante con gritos, peleas y equivalentes? ¿U optar por una separación civilizada?

Cuando un matrimonio está en crisis, los niños sufren de una forma u otra. No hay forma de evitarlo. Incluso fingiendo que todo está bien los niños se dan cuenta. El clima que se respira en un matrimonio extenuado llega a todas partes. La tensión psicológica puede ser igual o más dolorosa que la física.

Y es aquí que se rompe el primer paradigma. Los hijos sufrirán no tanto por la separación, sino por la forma en la que uno se separa.

Esta distinción entre el qué y el cómo es fundamental. Solemos fusionar en un solo concepto el hecho de separarse y pelearse.

Hay un conflicto evidente que origina la ruptura del matrimonio, pero éste conflicto no tiene por qué seguir luego de la separación. Entender este punto es clave.

El problema surge porque muchas parejas no racionalizan su relación. El conflicto anula su racionalidad y entonces ocurre algo que agrava la situación: dejan que el tiempo pase y toman la decisión de separarse con una carga emocional muy fuerte.

Es decir,  la separación no es tomada con cabeza fría, con discernimiento de los pro y los contra y entonces todo se reduce a un: ¡me largo o te largas! o ¡Se acabó!

Sin acuerdos, sin análisis, sin prever cómo serán sus vidas en el futuro y sin haber llevado un proceso de “limpieza interna” lo más probable es que esa relación en el futuro sea tensa y problemática.

Entonces los hijos sufren porque cuando les toca ver a mamá, papá le habla pestes de ella, o cuando toca visitar a mamá es lo mismo por parte de su padre. Es allí que los pequeños se ubican entre dos fuegos al ver que existe un enorme resentimiento entre las dos personas a las que más ama.

No están sufriendo por la separación, están sufriendo por la forma como se está desarrollando esa separación.

Por ello lo más importante cuando sienten que están en el conflicto previo a la separación es ir donde un especialista, un terapeuta, que les va a ayudar no a solucionar sus problemas, sino a que hagan un análisis neutral de su condición individual primero y luego de su funcionamiento como pareja. Posteriormente a ello ustedes se darán cuenta si tienen muchas o pocas probabilidades de seguir con un proyecto en común.

Olvídense de pedir consejos a la papá, a la mamá o a un amigo, eso es lo peor que pueden hacer. El entorno siempre estará parcializado con una u otra parte. Y lo que más se necesita en estos casos es neutralidad.

Hay muchos otros pretextos que se ponen para evitar la realidad: están el pretexto económico: “es que tenemos deudas en común”, “es que él me mantiene”, el pretexto afectivo: “no puedo vivir sin ella”, “si no es mía no será de nadie”, el pretexto social: “pero que va a decir mi familia, los vecinos…”

Pretextos hay muchos, pero la clave está en un hecho fundamental: nada, ninguna circunstancia o persona está por encima de nuestra estabilidad emocional.  El punto de ruptura entre seguir o separarse está en el simple hecho de sentirse bien.

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