Cuando tu abuela se sume en el silencio…

Por: Anddy Landacay Hernández.

La imagen puede contener: una o varias personas y personas sentadasCuando un familiar enferma la perspectiva de vida cambia completamente. Lo que más recuerdo de mi abuela desde que la conocí fue precisamente esa predisposición para hablar y conversar sin parar (creo que algunos nietos hemos heredado ese don). Y así fue, hasta fines del año pasado, muy cercano a la navidad, cuando su cuerpo dijo que ya era suficiente y a sus casi 100 años decidió que era mejor dormir y no comer.

Desde luego, mi familia preocupada, la internó en el hospital dónde llegó con un cuadro de deshidratación y una infección fuerte. Desde entonces mi abuela está postrada en una cama, con un diagnóstico duro del médico: “Ella ya no volverá a comer por sí misma”.

Luego de esa resolución el término “Sonda nasogástrica” se convirtió en una expresión recurrente.  Luego de varios días de internamiento volvió a casa, aquella casa cuya sala ahora está convertida en una habitación de hospital.

Este es un homenaje a mi madre. Un humilde y sencillo homenaje a ella, con quien no he sido justo hasta ahora.  Desde diciembre, en que la vi quebrarse una y otra vez, por la frustración de ya no poder interactuar con mi abuela como lo había hecho desde hace varios años en que se mudó con nosotros, entendí todo de forma muy sencilla.

Mi abuela no ha sido precisamente una perita en dulce, como muchos adultos mayores siempre ha tenido un carácter jodido: caprichos, berrinches, insultos, etc. Las noches divertidas eran cuando se despertaba a la 2 de la mañana pensando que eran la 6 am. Y paseaba por todos los cuartos pidiendo que le den desayuno, perfectamente cambiada y arreglada.

“Abuelita es de noche”. Iba a decirle cuando mi madre quería dormir. ¡Qué va a ser de noche huevón, no me quieras engañar!”. Me respondía. No recuerdo cuantas veces, la abuela cantaba, hablaba, tocaba las ventanas, prendía la TV. La memoria me queda corta de cuantas veces tuve que ir al trabajo con ojeras gracias a esas amanecidas gratuitas. Creo que desde entonces el VOLT se convirtió en mi aliado recurrente.

Como mi madre es de temperamento muy fuerte y mi abuela también, esas discusiones solían ser como un encuentro de Thor vs Hulk. Pero a pesar de eso, mi madre (sin proponérselo) me ha dado una lección importante en la vida. No importa cuántas discusiones, rencores o puyas hayas tenido en la vida con tus padres, hay un amor que prima a fin de cuentas y en vida es la única forma de zanjar los problemas.

Mi madre se quejaba mucho del estrés físico y mental que le causaban estas discusiones, y es algo completamente normal, pero el tiempo es terapéutico, y aquellas cosas que ayer nos hacían mierda la cabeza, con el tiempo resultan ser las que más se extrañan.

Aunque sea difícil de entender, he oído a mi madre decir estos días, “ojalá mi madre pudiera volver a cargosearme como antes, cuando pedía su café a las 3 de la mañana…”

Desde hace un par de meses, mi abuela ya no habla definitivamente. Ya no se queja como al principio, ya no te manda a la gran puta (que era su sello oficial), ya no pide que la saquen de la cama, ella se ha ido apagando de a pocos, sus fuerzas la abandonan, ya no quiere abrir los ojos, solo se queja intermitentemente. Es como una bebe recién nacida acostada sin mayor movimiento que el de las manos.

Y es ahí que vi a mi mamá volviendo a ser madre de un singular bebé a su casi 70 años. Sí, porque a pesar de su condición de salud, que no es de las mejores, ha sacado una fuerza difícil de explicar para cambiar, mover, ponerle los pañales, limpiar o darle su comida a la abuela.

Es difícil imaginar esa figura actual del primer día, donde era una manojo de nervios incluso para poder poner un poco de agua en la sonda. Recuerdo que tuve que darle una par de carajeadas al principio, para decirle lo que ella me dijo tantas veces: “De todo se aprende en esta vida”.

Mi abuela se queja todos los días. Ya no habla, y desde luego que mi madre corre a su lado, preguntándole casi suplicante: “¿Qué te duele mamá”. Y aunque ella cree que yo no me doy cuenta, la veo llorar en silencio, impotente, porque eso es lo que causa el no poder hablar más con quien más amas.

Desde diciembre mi madre ha renunciado a vivir su propia vida para dedicarse las 24 horas a ser hija, nana, enfermera, y cocinera de mi abuela. La veo allí dormir a su lado, distrayéndose por momentos en la TV o en el celular, pero básicamente siendo una guardiana silenciosa a tiempo completo.

Y como la vida tiene esas paradojas, puedo decir con certeza, que si algo he aprendido a mi edad, gracias a mi madre, es que ser hijo es más que una postal en navidad, cumpleaños o una foto en Facebook por el Día la Madre, mi madre me ha enseñado una vez más, que el amor a los padres se forja con acciones pequeñas que solo con el tiempo se aprecian en su auténtica magnitud.

Como bien me dijo mi buen amigo Echevarría, muchas veces estas situaciones no son tomadas como lo que son: Un regalo. Sí, un regalo porque te permite ir despidiéndote y zanjando cualquier dolor o resentimiento que hayas tenido. Es verdad. Y ante eso, solo me queda decir dos cosas: Gracias abuela y sobre todo: Gracias MADRE.

PD: Unos recuerditos de la abuela que todos conocimos. 🙂

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